domingo 15 de enero de 2012

Fraga was different.

Cuando un destacado personaje hace tiempo que ha muerto o que ha salido de la actualidad pública, resulta más fácil que sea sometido a un juicio histórico en perspectiva y que, por lo tanto, la sentencia pueda ser lo más desapasionada posible. Nos hemos referido en recientes artículos a Margaret Thatcher y  unos cuantos personajes que podemos adoptar como "mitos" de la derecha, pero lo cierto es que, si hiciéramos un análisis mínimamente pormenorizado de cada uno de ellos, podríamos destacar bastantes aspectos negativos. 
En ese sentido, podríamos hablar hasta de un negligente papel, del Churchill interlocutor con Stallin, en los Balcanes y países del este de Europa; o cuestionar algunos aspectos de la polémica salida francesa de Argelia, ordenada por De Gaulle, y sobre su a veces “chauvinista” política internacional. Como podríamos también sacarle las vergüenzas a la mencionada Thatcher, respecto a su posición sobre el aborto, y también a Reagan por alguna de sus decisiones con respecto a este tema tan fundamental. Sin embargo, el conservadurismo tiene como costumbre -instaurada por el propio Burke- no idealizar en exceso y permanecer con los pies en el suelo para no deificar a los seres humanos ni acabar -siguiendo sus sacrosantos dictados- guillotinando a medio país y parte de la otra mitad. Quizás, por eso a la izquierda le cuesta tan poco tirar del Che Guevara y, en cambio, la derecha suele ser más comedida a la hora de reivindicar a sus referentes. 
Los seres humanos no son perfectos y resulta difícil encontrar a alguien con una inmaculada hoja de servicios. Es por ello necesario contextualizar, comparar y valorar partiendo de la base de que únicamente al que se arremanga para fregar se le podrá reprochar el haber roto algún plato. 
Lejos de la ciega mitificación, hay que saber fijar los límites y las líneas rojas que el prudente traspasa para convertirse en un traidor y el purista en un carnicero. Así pues, y ya entrando en materia, ¿merece Fraga entrar en el selecto club de mitos de la derecha, como aportación patria al altar de los imperfectos pero grandes Churchill, De Gaulle, Reagan o Thatcher? Sin duda, lo merece, aunque no a la misma altura como explicaremos. Como también debe entrar con todos los honores en el árbol genealógico de lós máximos líderes del conservadurismo parlamentario español, precedido por Cánovas del Castillo, Maura y Gil-Robles.
Ante la muerte de Fraga y fuera del reconocimiento de la derecha, ha habido una izquierda socialdemócrata que oficialmente le ha valorado por su papel de reformista y padre de la Constitución -el mismo que a la ultraderecha le hizo calificarlo de traidor-, y hay otra que se ha alegrado por la muerte de quien califican como un "represor fascista". Esta segunda es la misma que pasa por alto los muertos de Carrillo en Paracuellos, la que que se lanza a la que puede en brazos de Batasuna o la que se llena la boca de victimismo respecto a la Argentina de Videla, el Chile de Pinochet o la misma España de Franco, sin acordarse nunca de la Rumanía de Ceaucescu, la Camboya de Pol Pot o la Cuba de Fidel. Ya únicamente por su siniestra relación de alegría ante las muertes de los adversarios, podemos suponer cuál hubiera sido su "humana" actuación de haber ganado nuestra inicivil guerra civil.
Y la verdad es que resulta complejo hacer un análisis frío acerca de la figura de Manuel Fraga Iribarne. Y no por su reciente fallecimiento, si no por las muchas contrariedades existentes en el seno del carácter y la actuación de una figura muy especial y con más de 60 años de vida política activa.
Podríamos decir que, ante todo, para lo bueno y para lo malo, Fraga fue “fraguista”, como Franco fue franquista, Rajoy es "rajoyista" y Suárez aun no sabemos exactamente qué fue: El pragmatismo -gallego o no- siempre por encima de la ideología de estos hombres de convicciones personales conservadoras. ¿Y eso es malo o bueno? Pues depende de las mencionadas líneas rojas -o mejor dicho, azules- y de si se traspasan o no. Fundar un "macroestado" que reprime al disidente activo y abandona el campo sociocultural puede ser una. Abandonar de alguna manera los propios principios y dar por buena la visión social del adversario para pedirle que por favor vaya un poquito más lento en su inevitable revolución transformadora progresista, puede ser otra.
Hasta sus más enconados adversarios reconocerán que Fraga era un monstruo como intelectual -como testifican sus primeros lugares en todas las difíciles oposiciones que fue coleccionando-; un trabajador nato las 24 horas del día; un político de raza que no se ha enriquecido con la política; y un más que aceptable gestor como ministro, gerente en la empresa privada y presidente de Comunidad Autónoma, que casi ha muerto con las botas puestas.Y este currículum a día de hoy, tal y como está el patio, es mucho.
También se le recordará a nivel más personal como un tipo humanamente honesto, padre de diez hijos, sufrido viudo durante las últimas décadas de su vida y poseedor de un carácter complejo y difícil. 
Manuel Fraga es y será, sin duda, uno de los más interesantes personajes de la historia contemporánea española, más allá de la caricatura que él mismo alimentó con su temperamento y para regocijo de la izquierda que siempre esperaba la más mínima ocasión para poder pasarle su particular prueba del algodón del "buen demócrata".

Escarbando un poco más, se puede decir que Fraga Iribarne fue uno de los más destacados ministros de Franco. Y no solo por sus formas populistas -en competencia con Solís Ruiz- que le hicieron bañarse en Palomares desafiando a la radioactividad, o acuñar un "Spain is different" para llenarnos de suecas las playas de aquella España que se descalzaba la alpargata; si no por ser de los pocos que se sentía capaz de contarle las verdades del barquero al propio Franco. Cosa que éste apreciaba, aunque en alguna ocasión el de Villalba consiguiera quebrantar el aparente retraimiento de su paisano ferrolano. Como cuando, en un consejo de ministros celebrado en el Palacio de Pedralbes de Barcelona, Franco dio un golpe en la mesa e hizo saltar por los aires un tintero que le acabó manchando una de las mangas de su camisa, al enterarse, por boca del propio Fraga, de que éste había tirado millas en algún asunto sin consultarle previamente. Y sin querer ahora alimentar el falso mito de un posible Fraga antifranquista con alguna otra anécdota -como aquella del disparo accidental de una perdigonada contra el trasero de Carmencita Franco en una cacería-,  podemos decir que Fraga fue siempre bastante por libre durante el franquismo. Entró de la mano de Ruiz Jiménez y ,a pesar de disfrazarse también con la camisa azul, ni fue falangista (¿lo fue alguien de verdad en aquel régimen, a parte de Pilar, la hermana de José Antonio?) ni tradicionalista, ni ya digamos del Opus Dei, ni de ninguna de las otras posibles "familias" del régimen. Él era una especie de "preGorbachov" a la española, con sus leyes de prensa y pequeñas reformas, y al ser desterrado tras el caso Matesa como embajador en Londres, se reconoció en los tories y hasta se dejó fotografiar a lo Churchill para dar a  entender sus planes de futuro.

Con Franco ya muerto, el Rey regaló a Fraga el caramelo envenenado de la gobernación (el actual Ministerio del Interior), y esa misma izquierda que exigía a la derecha no preguntar a Santiago Carrillo por Paracuellos, le hizo culpable de los muertos en la huelga de Vitoria y la disputas entre el carlismo en Montejurra, a pesar de estar de viaje en las fechas de ambos acontecimientos y de que su segundo y responsable directo de la policía durante aquellos sangrientos días fuera un tal Adolfo Suárez. Y aunque hubo demasiados muertos en aquella época, lo cierto es que fue un milagro (socioecónomico, por supuesto) que aquellos años convulsos de la transición no acabaran desembocando en un nuevo 36.
Y si con Franco vivo, Fraga no fue franquista, tampoco sería otra cosa más que "fraguista" durante toda la transición. Teorizó, con Franco vivo aun, sobre el centro e idealizó con algunos de sus jóvenes pupilos un partido de centro-derecha que aglutinara al franquismo sociológico (la mitad de España que había vivido con una más o menos gustosa placidez  política y social durante el franquismo, pero que entendía que por razones morales y/o prácticas era imposible hacer subsistir aquel régimen con su fundador ya muerto) para transportarlo a un nuevo sistema homologable al resto de países desarrollados. Pero los tejemanejes de Fernández-Miranda, Suárez y Areilza con el Rey, le dejaron fuera de juego.
En una huída hacia adelante, Fraga reorientó su Godsa y su Reforma Democrática para integrarla en una alianza derechista muy amplia y con puertas abiertas hacia otros grupos postfranquistas liderados por otros  ex ministros de Franco que fuera del búnker tenían frío pero dentro se achicharraban de inmovilismo. Serían conocidos como los siete magníficos. Fue así como, aprovechando la base social de la Unión Nacional Española, Fraga cofundó la federación de partidos de la Alianza Popular. Pero con las primeras elecciones fue la UCD quien se llevó el gato al agua y se ganó el voto del franquista sociológico, dejando a AP como una fuerza de derecha nostálgica del franquismo (Arias Navarro volvió a leer el testamento político de Franco por televisión, en su anuncio electoral como candidato de AP al Senado por Madrid) y casi testimonial en el Parlamento. Y eso que AP y UCD sumaban 182 diputados, una gran mayoría absoluta que convendría recordar. 
Tras el fracaso de aquella primera AP, Fraga huyó hacia adelante y volvió a su idea inicial de un centroderecha reformista. Poco a poco fue laminando y dejando fuera de la escena política a Laureano López-Rodó, Gonzalo Fernández de la Mora, Federico Silva Muñoz y Cruz Martínez Esteruelas. Se permitió hacer política en mayúsculas dentro el nuevo régimen al convertirse en ponente de la nueva Constitución y consensuar con la izquierda y los nacionalistas (para espanto de sus socios de alianza) el nuevo orden político. Ya de paso, se llevó a Carrillo al Club Siglo XXI para presentar al líder del Partido Comunista de España en sociedad. Eso le facilitó su obsesivo viaje al centro, adivinando que la UCD acabaría disolviéndose como un azucarillo y que su AP acabaría ocupando ese espacio, como debiera haber sido desde el primer momento según sus planes. Intentó noquear -vía El Alcázar- a la ultraderecha de cara a las elecciones del 79 (las segundas de la democracia) ofreciendo una coalición a Blas Piñar y Fernández-Cuesta, con Girón de Velasco de padrino,  y los ya desencantados "magníficos" Fernández de la Mora y Silva de comparsa, que se acabó demostrando como una maniobra para no tener competencia por la derecha -¡Nada a mi derecha!-, y acabó pactando con Areilza una Coalición Democrática (una especie de UCD bis), llegando al punto de sustituir en Barcelona al mejor ministro que tuvo el franquismo, el numerario Laureano López-Rodó, por un "bon vivant" liberal como era Antoni de Senillosa. Parte de su electorado no se sintió conforme con esa copia mala ucedista y se pasó a Unión Nacional (la coalición que in extremis pudo acabar liderando Fueza Nueva con la Falange histórica y la Comunión Tradicionalista, y que sacó a Blas Piñar de la Plaza de Oriente y lo llevó de nuevo a la Carrera de San Jerónimo como diputado). Posteriormentela caída de Suárez y el hundimiento de la UCD, así como la autodisolución de la FN de Piñar con un esperpéntico 23-F de fondo, situaron a Fraga como único líder indiscutible de la derecha ante la opinión pública. Y entonces fue cuando le tocó ejercer el papel de líder de la oposición frente a la absolutísima mayoría de un Felipe González que ya tenía encandilada a toda España. 
Sin embargo, Fraga no sería entre sus compañeros de escenario político el líder hegemónico, si no que debería lidiar con las familias liberales y democristianas que buscaban marcar perfil propio con sus propios partidos (el Partido Liberal de José Antonio Segurado y el Partido Demócrata Popular de Oscar Alzaga). Tampoco gozaría nunca de la confianza de otros que prefirieron seguir al ex secretario general del Movimiento Nacional (el partido único del franquismo), Adolfo Suárez, incluso en su aventura - ya centroizquierdista- del CDS, o apuntarse a la Operación Reformista -auspiciada por CiU- de Miquel Roca, Garrigues-Walker y Florentino Pérez. Incluso, dentro de sus propias filas, Fraga tuvo que ver como los "Vestrynges" de turno le buscaban "chiraquianas" salidas, al considerarlo una rémora franquista para ese centro-derecha amplio que luchaba por ser la alternativa real a un PSOE arrollador y hegemónico en aquella época.
Entrar en su etapa de la Xunta de Galicia nos serviría para confirmar que Fraga, por encima de todo, era "fraguista" y que ese "fraguismo" obsesionado con el centro pero con ramalazos derechista impregnaría de pragmatismo al típico político de derechas español. Y aunque menos que Suárez, Fraga renunció a la batalla de las ideas y despreció el papel de la sociedad civil conservadora al aceptar que solamente desideologizando al partido y cediendo a la izquierda "su calle" podría plantar cara al socialismo en las urnas. Seguramente lo hizo con toda la buena intención, pero lo hizo y eso la derecha social lo ha pagado con años de ostracismo sin poder plantear una alternativa al modelo de sociedad de la izquierda. Y en este desapasionado análisis es de justicia también decirlo. 
Con esta carta de navegación se refundó la vieja AP en el nuevo PP y el sucesor -tras el fracaso de Hernández-Mancha- , José María Aznar, tomó buena nota de que la estrategia rápida y fácil para vencer a Felipe pasaba por plantear una derecha que ni se definiera como tal ni lo pareciera. Y lo cierto es que la cosa ya venía de bastante atrás, pues el mismo franquismo había hecho dejación de funciones en lo socio-cultural con su asfixiante estatalismo.  La UCD siguió por el mismo camino, marcando un precedente de renuncias que la izquierda supo aprovechar con suma maestría.
El nuevo PP se presentó, con la bendición del fundador, como una "no-izquierda" buena gestora de la economía y a la que, a diferencia del PSOE, no se le podían reprochar apenas escándalos de corrupción (más que nada por llevar casi dos décadas sin apenas poder). Y así se ganaron las elecciones y se llegó al liderazgo de España para culminación del sueño de Don Manuel. 
Tocará hacer otro artículo sobre las tres derechas y el papel ejercido por sus otros dos respectivos cabezas visibles. Ahora tocaba analizar por encima y recordar desapasionadamente la figura de Manuel Fraga. Aunque podríamos hacer un avance diciendo que las pasadas de aceleración de Suárez y de frenada de Piñar, situaron al gallego en aristotélico término medio bastante digerible para el votante conservador medio de aquellos tiempos. Lástima que las empanadas de pragmatismo derivasen en empachos de centro.

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Texto añadido ante las hipócritas críticas contra Manuel Fraga Iribarne.

Si bien, también en el ático los trapos sucios los lavamos en casa, de puertas para fuera es de justicia defender a los nuestros. Y más cuando se vierten sobre ellos toda clase de barbaridades y calumnias desde la mentira y la manipulación histórica. Así pues, hay que aclarar a todos los "demócratas" (que lo serán en la acepción de la RDA) que desde la izquierda extrema y el independentismo comprensivo con el mundo social de ETA están llegando hasta a brindar literalmente por la muerte de Fraga (¡Hay que ser animal!), lo siguiente:

1. Fraga fue un destacado ministro de Franco...
pero aperturista y reformista, como la mayoría de altos cargos de la UCD y el propio Adolfo Suárez que era el secretario general del partido único del franquismo: el Movimiento Nacional. Cuando fue posible con Franco vivo, y una vez ya muerto gradualmente, Fraga, trabajó para ir democratizando el país, llegando a ser padre de esta "sacro-santa" Constitución pactada con socialistas, comunistas y nacionalistas.
¿Que podía no haber colaborado con el franquismo o incluso haberse opuesto? Pues sí, podría haber dejado que dentro del franquismo únicamente hubieran habido falangistas pronazis o directamente irse con la única oposición mínimamente activa (la del Partido Comunista) para cambiar una dictadura por otra aun peor. Si nos ponemos en este plan, podemos decir que Gorbachov fue el último dictador comunista de Rusia, aunque eso sea reducir, simplificar y falsear injustamente la historia.

Fraga no firmó ninguna pena de muerte. Eso correspondía a los jueces y luego Franco lo que hacía era firmar "el enterado", por el cual se confirmaba la pena capital, a no ser que utilizara su potestad para conmutarla. La única pena de muerte con la que coincidió Fraga como ministro fue la de Julián Grimau. Y a Grimau se le ejecutó en venganza por las atrocidades protagonizadas por este dirigente comunista en la retaguardia republicana. Grimau no era un pobre dirigente comunista que pasaba por allí, si no un personaje con las manos manchadas de sangre con asesinatos y torturas cometidos durante la guerra. Igualmente, habría que explicar cómo los propios compañeros de Grimau en el PCE - empezando por Santiago Carrillo- tan amigos de liquidarse entre ellos siempre, lo enviaron a España en pleno franquismo (esto es al matadero) y por qué.

Sobre los sucesos de Vitoria, en los que la policía disparó contra manifestantes comunistas y mató a algunos de ellos, ya hemos comentado que Fraga se encontraba fuera del país y que el responsable político directo -que no culpable- era Suárez. Fraga dio la cara y se plantó en el hospital para ver a los heridos y asumió sus responsabilidades. Y eso sin entrar en los hechos concretos de por qué y cómo se pudo ver obligada a disparar una policía que, nobleza obliga decir, aun estaba por homologar con la gendarmería francesa o Scotland Yard.

También se le reprocha que diera vía libre en Montejurra a la rama violenta ultra del carlismo del pretendiente Sixto de Borbón, frente a la herejía socialista autogestionaria, abertzale -y no sé cuantas barbaridades más, desde el punto de vista de la tradición- de su hermano Carlos Hugo, ordenando no intervenir a la guardia civil para desacrediTar al carlismo como opción política y dinástica. En aquella romería, mercenarios neofascistas italianos y de la Triple A dispararon y asesinaron a dos carlistas de izquierdas. Y la verdad es que la teoría conspirativa de si Fraga lo sabía, ya se le escapa al que aquí escribe.

2. UCD + AP = mayoría absoluta.
Las primeras elecciones libres y homologables al resto de países con democracias parlamentarias, que se celebraron en España el 15 de Junio de 1977, las ganó la derecha, o si se prefiere el "franquismo sociológico". La UCD y Alianza Popular sacaron 182 diputados, sin contar con 4 diputados democristianos y regionalistas que también procedían del franquismo. Es decir, que la derecha, si bien es cierto que con sus postulados reformistas y desmarcándose más o menos de Franco, ganó las elecciones. Otra cosa es lo mal que se gestionó esa victoria y cómo se allanó el camino para la mayoría absoluta del PSOE en 1982 y la consiguiente hegemonía moral del centroizquierda que hasta hoy dura.

Fraga fue escogido una y otra vez diputado por sufragio universal como candidato de AP, y posteriormente en su Galicia natal ganó todas y cada una de las elecciones a las que se presentó y con mayoría absoluta siempre, salvo las últimas en las que a sus 83 años se quedó a un puñado de votos de repetirla por quinta vez consecutiva.

3. Para la ultraderecha Fraga era un traidor.
Califican de fascista a Fraga pero tanto él como Suárez eran odiados por la ultraderecha. Para Fuerza Nueva y Falange, eran traidores que se habían cambiado de chaqueta para mantenerse en el poder.
Blas Piñar, Girón de Velasco y Raimundo Fernández-Cuesta sí personalizaron el llamado "búnker" y aquel sector que no quería ni reforma ni mucho menos ruptura, y que siempre se mantuvo abiertamente leal al franquismo. De hecho, siempre se vanaglorió de haber coqueteado con ellos para poder desactivarlos después y que no le quitasen votos por su derecha en su inicio de viaje al centro. Sin embargo, a la izquierda (a veces desde ese diario El Pais que Fraga fundó, colocando al ex falangista reconvertido al felipismo Juan Luis Cebrián) siempre le interesó meterse con Fraga, sabiendo que era el único enemigo con posibilidades a la larga de influencia en el conjunto de la sociedad española.

Durante el 23-F, hubo un momento en que Fraga se encaró con los guardias civiles (no hay imágenes pero sí sonido), y al salir y pasar por delante de Tejero, éste le espetó algo así como: "eres peor que Carrillo".

Hay que recordar también que las propias cortes franquistas se autoliquidaron y desde el propio régimen se inició la transición (con buena fe y espíritu de reconciliación, pero tampoco negaremos que mucho oportunismo) por encargo del Rey restaurado por Franco. Si de esa izquierda que permitió que el dictador muriera de viejo en la cama hubiera dependido, a España le hubieran dado las uvas a la hora convertirse en una democracia constitucional y parlamentaria.


4. Siempre hablan los que no pueden hacerlo.
Los mismos que miran y buscan el más mínimo detalle para calificar de una palabra tan fuerte como asesino a Fraga, son aquellos que el día que muera Carrillo callarán sobre los muertos de Paracuellos del Jarama. Los mismos que no han tenido reparo alguno en votar a ERC sin mirar si dentro había muchos o pocos ex miembros de Terra Lliure. Los mismos que, con treguas y sin treguas, han pedido siempre comprensión para la izquierda abertzale proetarra, olvidando a todos los muertos que ETA ha ido asesinando hasta hace apenas cuatro días. Esos amnésicos respecto a las recientes muertes de inocentes, deberían ser más honestos a la hora de hablar sobre Fraga. Esos que defienden con tanta vehemencia el derecho a democratizarse de los comunistas o los terroristas independentistas, deberían permitir -en el hipotético caso que fuera lo mismo, que para mí no lo es- lo mismo a los que provienen del autoritarismo de derechas.

Fraga como Carrillo (quizás porque no le quedaba otra), como el también recientemente fallecido Juan Mari Bandrés (que llegó hasta a salvarle el pellejo al propio Blas Piñar, como éste reconoce en sus memorias) y como Mario Onaindía -ambos ex miembros de la ETA PM- rectificaron y contribuyeron a que nos dejáramos de matar entre rojos y azules. Cuando uno reprocha cosas a los que "ex franquistas" debe mirar primero el totalitarismo que tiene debajo de su alfombra.