Todas las encuestas preveen que Mariano Rajoy va a obtener una amplia mayoría absoluta en las elecciones generales que tendrán lugar en nuestro país el próximo 20-N. Y eso a pesar de que el peleón PSOE de Rubalcaba se está empleando a fondo con todo su arsenal de demagogia habitual.
Todo vale para salvar los muebles en Ferraz: el guerracivilismo y el que viene la derechona (la elección de la fecha electoral es la mejor prueba); el discurso populista de ricos y pobres, en boca de auténticos multimillonarios gracias a tres décadas del ahora perdido voto obrero y bohemio-burgués; y la decadente gira de sus peculiares "morancos", los septuagenarios Felipe González y Alfonso Guerra, paseados como bufones y monos de feria por los polideportivos de los viejos feudos. Si algo tienen estas elecciones de divertido es ver a la socialdemocracia cayendo en su propia trampa y prometiendo todas las políticas sociales que no han aplicado durante los últimos años, mientras hacen mutis por el foro sobre los recortres que ellos mismos están ya protagonizando y que saben que en el milagroso caso de una victoria deberán acelerar. Tiene gracia ver al PSOE siendo una caricatura de sí mismo y hundiéndose en sus propias contradicciones. Y aunque su declive aun está por ver, la situación es tan crítica que importa muy poco ya lo que digan porque, con cinco millones de parados, Rajoy ganará con amplitud y además lo hará fiel a su estilo: tranquilo y con el partagás en la boca, sentado y esperando a que el cadáver político del adversario le pase por las puertas de Génova 13. Y, por eso, son muchas las dudas que los silencios del gallego suscitan entre la opinión pública (también en la derecha social). Sin embargo, de esa misma manera callada, el líder de la oposición está remendando muchos de los errores estratégicos cometidos durante esta legislatura. Si en el ático hemos sido muy duros con el PP de Rajoy, ahora tenemos que reconocer que hay cosas que se están haciendo bien. Se ha conseguido recomponer la alianza con la UPN en Navarra (aunque más por iniciativa de Yolanda Barcina) e iniciar la regeneración en la Comunidad Valenciana con un nuevo líder, Alberto Fabra, que transmite sensatez y honestidad. En Madrid la batalla Gallardón vs. Esperanza ha quedado aparcada bajo la promesa de hacer ministro al alcalde de Madrid, dejando vía libre al "subPP" de Aguirre para que siga siendo el mejor laboratorio de FAES. Y en Aragón, el Partido Popular consigue un pacto electoral con el PAR que va más allá del acuerdo estable de gobierno en la DGA.
Los pactos con UPN y PAR son inteligentes y van en sintonía con lo que busca el electorado de centro-derecha en cuanto a no dividir el voto. Ambos tendrán voz propia pero deberán respetar la disciplina de voto, la cual cosa neutralizará ese transfuguismo que hubo en el pasado (el mismo PAR o el PDP de Óscar Alzaga en su día), cuando se buscaba el cobijo bajo el paraguas del partido grande, asegurándose unos escaños que presentándose a las elecciones solos no conseguían, pero para acabar dejando tirados a los populares en mitad de la legislatura para irse al grupo mixto.
Por contra, en Asturias las heridas están aun demasiado abiertas y seguramente hará falta que el PP ponga orden primero en una de sus sucursales peor organizadas, antes de que Álvarez-Cascos pueda regresar a la casa del padre. No hace falta decir a estas alturas que el futuro gobierno no lo va a tener fácil, porque, además de una coyuntura económica internacional tenebrosa, el paso del zapaterismo por España deja lastrado al país para las próximas décadas. Y no solo económicamente, si no también en lo moral y nacional. Una segunda transición se vislumbra y quizás sea el momento de debatir con franqueza la España que queremos de ahora en adelante. Lo primero es el empleo y la economía, dice machaconamente Rajoy, y nadie se lo puede discutir pero también es necesaria una profunda reforma administrativa y eso supone acabar con el café para todos y reestructurar España. Tocará reunificar las CCAA castellanas, federar alguna que otra y "resolver" las históricas patatas calientes de Cataluña -con la Convergencia más abiertamente independentista de la historia- y un País Vasco donde parece que ETA cambia la pistola por la vara de alcalde, mientras que al PNV le va a pasar factura su tradicional oposición a estigmatizar socialmente al mundo pro etarra (de tanto decir que esos chicos no son tan malos, parte del electorado del PNV va a votar a la nueva marca batasuna, dejando en la estacada al partido fundado por Sabino Arana). Por eso, el peso del voto del PP en ambas comunidades va a ser fundamental a la hora de legitimar el apoyo social a la españolidad de estas. Habrá que retocar la Constitución, aunque no sean momentos oportunos y la UE (para nuestro bien) no acepte las aventuras secesionistas.
El equipo económico promete ser potente. Puede que vuelva Rato o que se confíe en Piqué. En cualquier caso, siempre será mejor el banquillo de economistas del PP que el de las Salgados, Sebastianes y Valerianos de turno. En lo social, Rajoy deberá escuchar a Mayor Oreja, y en el ático así se lo vamos a seguir reclamando. Porque un PP con mayoría absoluta no tiene excusas y tiene carta blanca para reformar de cabo a rabo este país, buscando el pacto cuando sea necesario pero con una inequívoca legitimidad en las urnas cuando este no sea posible. A Rajoy le va a tocar ser un nuevo Adolfo Suárez, y esperemos que aprenda la lección de que el pasteleo, si bien puede servir eficazmente para parchear un país durante unas décadas, siempre tiene fecha de caducidad. Por el momento, la campaña es de perfil bajo, muy "arriolista", sin dar balas al enemigo y con la tranquilidad de que no hay alternativas por la derecha en la mayoría de circunscripciones empezando por Madrid (si es que alguna vez las hubo). Y posiblemente así se siga durante la legislatura, aunque eso puede tener sus riesgos para la unidad del centro y la derecha, como bien avisa Vidal-Quadras.
Todo vale para salvar los muebles en Ferraz: el guerracivilismo y el que viene la derechona (la elección de la fecha electoral es la mejor prueba); el discurso populista de ricos y pobres, en boca de auténticos multimillonarios gracias a tres décadas del ahora perdido voto obrero y bohemio-burgués; y la decadente gira de sus peculiares "morancos", los septuagenarios Felipe González y Alfonso Guerra, paseados como bufones y monos de feria por los polideportivos de los viejos feudos. Si algo tienen estas elecciones de divertido es ver a la socialdemocracia cayendo en su propia trampa y prometiendo todas las políticas sociales que no han aplicado durante los últimos años, mientras hacen mutis por el foro sobre los recortres que ellos mismos están ya protagonizando y que saben que en el milagroso caso de una victoria deberán acelerar. Tiene gracia ver al PSOE siendo una caricatura de sí mismo y hundiéndose en sus propias contradicciones. Y aunque su declive aun está por ver, la situación es tan crítica que importa muy poco ya lo que digan porque, con cinco millones de parados, Rajoy ganará con amplitud y además lo hará fiel a su estilo: tranquilo y con el partagás en la boca, sentado y esperando a que el cadáver político del adversario le pase por las puertas de Génova 13. Y, por eso, son muchas las dudas que los silencios del gallego suscitan entre la opinión pública (también en la derecha social). Sin embargo, de esa misma manera callada, el líder de la oposición está remendando muchos de los errores estratégicos cometidos durante esta legislatura. Si en el ático hemos sido muy duros con el PP de Rajoy, ahora tenemos que reconocer que hay cosas que se están haciendo bien. Se ha conseguido recomponer la alianza con la UPN en Navarra (aunque más por iniciativa de Yolanda Barcina) e iniciar la regeneración en la Comunidad Valenciana con un nuevo líder, Alberto Fabra, que transmite sensatez y honestidad. En Madrid la batalla Gallardón vs. Esperanza ha quedado aparcada bajo la promesa de hacer ministro al alcalde de Madrid, dejando vía libre al "subPP" de Aguirre para que siga siendo el mejor laboratorio de FAES. Y en Aragón, el Partido Popular consigue un pacto electoral con el PAR que va más allá del acuerdo estable de gobierno en la DGA.
Los pactos con UPN y PAR son inteligentes y van en sintonía con lo que busca el electorado de centro-derecha en cuanto a no dividir el voto. Ambos tendrán voz propia pero deberán respetar la disciplina de voto, la cual cosa neutralizará ese transfuguismo que hubo en el pasado (el mismo PAR o el PDP de Óscar Alzaga en su día), cuando se buscaba el cobijo bajo el paraguas del partido grande, asegurándose unos escaños que presentándose a las elecciones solos no conseguían, pero para acabar dejando tirados a los populares en mitad de la legislatura para irse al grupo mixto.
Por contra, en Asturias las heridas están aun demasiado abiertas y seguramente hará falta que el PP ponga orden primero en una de sus sucursales peor organizadas, antes de que Álvarez-Cascos pueda regresar a la casa del padre. No hace falta decir a estas alturas que el futuro gobierno no lo va a tener fácil, porque, además de una coyuntura económica internacional tenebrosa, el paso del zapaterismo por España deja lastrado al país para las próximas décadas. Y no solo económicamente, si no también en lo moral y nacional. Una segunda transición se vislumbra y quizás sea el momento de debatir con franqueza la España que queremos de ahora en adelante. Lo primero es el empleo y la economía, dice machaconamente Rajoy, y nadie se lo puede discutir pero también es necesaria una profunda reforma administrativa y eso supone acabar con el café para todos y reestructurar España. Tocará reunificar las CCAA castellanas, federar alguna que otra y "resolver" las históricas patatas calientes de Cataluña -con la Convergencia más abiertamente independentista de la historia- y un País Vasco donde parece que ETA cambia la pistola por la vara de alcalde, mientras que al PNV le va a pasar factura su tradicional oposición a estigmatizar socialmente al mundo pro etarra (de tanto decir que esos chicos no son tan malos, parte del electorado del PNV va a votar a la nueva marca batasuna, dejando en la estacada al partido fundado por Sabino Arana). Por eso, el peso del voto del PP en ambas comunidades va a ser fundamental a la hora de legitimar el apoyo social a la españolidad de estas. Habrá que retocar la Constitución, aunque no sean momentos oportunos y la UE (para nuestro bien) no acepte las aventuras secesionistas.
El equipo económico promete ser potente. Puede que vuelva Rato o que se confíe en Piqué. En cualquier caso, siempre será mejor el banquillo de economistas del PP que el de las Salgados, Sebastianes y Valerianos de turno. En lo social, Rajoy deberá escuchar a Mayor Oreja, y en el ático así se lo vamos a seguir reclamando. Porque un PP con mayoría absoluta no tiene excusas y tiene carta blanca para reformar de cabo a rabo este país, buscando el pacto cuando sea necesario pero con una inequívoca legitimidad en las urnas cuando este no sea posible. A Rajoy le va a tocar ser un nuevo Adolfo Suárez, y esperemos que aprenda la lección de que el pasteleo, si bien puede servir eficazmente para parchear un país durante unas décadas, siempre tiene fecha de caducidad. Por el momento, la campaña es de perfil bajo, muy "arriolista", sin dar balas al enemigo y con la tranquilidad de que no hay alternativas por la derecha en la mayoría de circunscripciones empezando por Madrid (si es que alguna vez las hubo). Y posiblemente así se siga durante la legislatura, aunque eso puede tener sus riesgos para la unidad del centro y la derecha, como bien avisa Vidal-Quadras.
Rajoy deberá poner en orden los números y recuperar el lugar internacional de España, además de mirar de conllevar con todo el "orteguismo" posible el problema territorial, pero también deberá empezar a invertir en valores seguros aunque sea a largo plazo. De la misma manera tranquila y pausada si lo prefiere, tendrá que ir cultivando el campo conservador para que la hegemonía política no solamente sea coyuntural en las instituciones si no real en la calle. El debate está en si el PP debe seguir desideologizado para no perder el público no habitual conseguido o tiene que hacer algo para convencerle de que su corazón es más de derechas que de izquierdas como de alguna manera se va haciendo en la Comunidad de Madrid. Frente a la ingeniería social progresista, la pedagogía vital de cultivar a la ciudadanía desde nuestra cultura. Porque un pueblo moralmente fuerte nunca caerá. Y si Rajoy emplea su amplia mayoría para algo más que gestionar mejor la economía (que no es poco) y se dirige directamente al ciudadano, sin miedo al que dirá la izquierda, tendrá a una derecha social entusiasta que no solamente se sumara a un simple cambio de siglas en las instituciones, si no que además se multiplicará por un cambio verdadero y real en los hogares.

