"A la hora de defender la libertad, el extremismo no es ningún vicio. Y a la hora de perseguir la justicia, la moderación no es ninguna virtud.", replicó el general Barry Goldwater, a todos aquellos que le calificaban de ultraderechista, en su discurso pronunciado durante la convención del Partido Republicano celebrada en San Francisco. En ella sería elegido candidato a la presidencia de los EEUU para las elecciones de 1964, encomendándosele el serio desafío de batirse contra el fantasma de Jonh Fitzgerald Kennedy que buscaba su reelección como líder del mundo libre después de muerto. Y es que, antes de celebrarse aquellas elecciones, el presidente demócrata había sido asesinado y el senador Goldwater acabaría siendo barrido en las urnas por el hasta entonces vicepresidente Lyndon B. Johnson. Quince años más tarde, Ronald Reagan, conseguiría dos contundentes victorias con el mismo discurso que defendió aquella candidatura republicana derrotada en plena conmoción nacional y mundial por el oscuro magnicidio de JFK. Eso sí, el discurso había sido desarrollado a lo largo de los 60 y 70 por un sinfín de fundaciones, medios de comunicación y asociaciones conservadoras norteamericanas a las que los presidentes Nixon y Ford empezarían tímidamente a escuchar desde la Casa Blanca durante esa década y media.Viene bien recordar la machada de Goldwater cada vez que, los que defienden en la derecha un discurso político de valores y no de intereses o una estrategia de batalla en lugar de rendición ideológica, son acusados de radicales, ultras y extremistas.
En España, los casi cuarenta años de franquismo son un dulce demasiado goloso como para que no se le eche mano y se saque a relucir -debidamente manipulando, tergiversado y con total intención de confundir a la ciudadanía- cada vez que interesa distanciarse en simpatías y votos respecto el adversario político. Y el ejemplo más reciente de ello lo tenemos en el adelanto electoral previsto para el 20-N, como última gracieta "zapateril".
Deberían ser más honestos aquellos que inventaron hace tiempo un cajón de sastre llamado "ultraderecha" en el que meter a todo aquel no izquierdista que plantara cara en el plano ideológico al progresismo. Y es que la infame matanza perpetrada en Noruega por el perturbado anti-islámico y autoproclamado "neotemplario" Anders Breivik ha servido para ver nuevamente hasta dónde puede llegar la mala baba, cuando no la ignorancia, de quienes han calificado a semejante asesino paranoico de nazi, fascista, ultraderechista o integrista, a la vez que de conservador, liberal, cristiano, derechista y nacionalista (de sus simpatías masonas, casi no se ha hablado). Y lo cierto es que de todo esto había un poco en su confusa diarrea mental ideológica que él mismo plasmó en un manifiesto de 1.500 folios. Pero muchos opinadores han jugado sucio y, sin leer ni una sola hoja de la extensa autodefinición política del criminal, han intentado relacionar a ese tarado con el conservadurismo y la derecha a secas, como si Churchill no hubiera sido el mayor enemigo de Hitler (al que Breivik, por cierto, dice en su escrito que le hubiera gustado matar por ser el nazismo aliado del Islam en contra del judaísmo), y como si la democracia estadounidense fuera lo mismo que el III Reich al que destruyó.
El asesinato minuciosamente preparado de casi un centenar de jóvenes casi adolescentes, simpatizantes de las juventudes socialdemócratas, tiene ya un lugar destacado en la repulsiva lista de acciones terroristas que en Europa han perpetuado Al Qaeda, ETA, el IRA y los lealistas británicos, las Brigadas Rojas y otros grupúsculos o individuos que -como Brevik- han sembrado el terror en pro de unos pretendidos y delirantes ideales religiosos, patrióticos, o de izquierda y derecha radical. Es allí donde los extremos se tocan y los campos de concentración de Hitler son idénticamente repugnantes que los de Stallin. Es allí donde el peor comunismo y el autodenominado nacional-socialismo van de la mano en su negación de la vida y la dignidad humana. Es lo mismo la psicopatía colectiva y con cargos públicos de ETA que la individual del autista Breivik, y convendría tenerlo en cuenta cuando nuestro actual gobierno negocia con terroristas.
Al mismo tiempo que Europa quedaba conmocionada por semejante crimen, en EEUU el Tea Party plantaba cara a los planes del presidente Obama para subir el techo de la deuda estadounidense. Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid -o el Potmac por Oslo-, nuevamente, esos representantes libremente escogidos por los ciudadanos norteamericanos adscritos al ala derecha del GOP y que -como Goldwater- defienden una menor intromisión del gobierno sobre el ciudadano (algo muy fascista, claro), han sido definidos con los mismos calificativos que el psicópata noruego.
Además de meter en el mismo saco a todo lo que se desmarca del centro -es decir, del zulo de la izquierda donde le gusta tener metida a la derecha en lo ideológico- los más listos de la clase ya han sacado algunas otras sabias conclusiones. La primera es que el peligro de islamización de Europa (denunciado continuamente por alguien tan poco sospechosa de racista como Pilar Rahola) había desaparecido (si es que alguna vez existió), por ser Brevik un pretendido caballero cruzado del siglo XXI. Y todo aquel que osara decir lo contrario, sería comparado con el susodicho hijo de puta. La crítica hacia un multiculturalismo mal digerido por su falta de control, equivale a disparar contra quinceañeros. Y eso que las barriadas londinenses arden ahora como lo hicieron las parisinas.
Por supuesto, la autocrítica de la socialdemocracia escandinava y mundial ha brillado por su ausencia: ni palabra del fracaso que supone un modelo social buenista en el que los policías no van armados. En contraste, a las pocas semanas de la matanza, al otro lado del Atlántico, el estado de Tejas no se andaba con remilgos y ejecutaba a un "primo lejano" de Brevik, al que le dio por ponerse a acribillar a hindúes -pensando que eran musulmanes- como represalia por los atentados de las Torres Gemelas. Y aun más contraste hay cuando, según la legislación noruega, el asesino no estaría más de 30 años en la cárcel. Y eso si es condenado por crímenes contra la humanidad, porque si lo fuera por terrorismo (¿acaso no es el terrorismo en sí mismo un crimen contra la humanidad?) serían 21 años. O lo que es lo mismo: a tres meses y medio por muerto. Menos que De Juana Chaos aquí.
La cosa no cuadra, aunque presentar a los conservadores como gente peligrosa, violenta e intransigente sea la táctica preferida de las mentes menos pensantes de la izquierda. Hacer sospechar que los criminales son lo mismo que aquellos que saben cómo actuar contra estos -con mano dura- es de una vileza enorme. Sobre todo, cuando miles de mentes no mucho más ágiles en el discernimiento político compran este mensaje y acaban distanciándose de quien defiende un discurso de principios en la derecha por considerarle un radical. Es lo que ocurre cuando se entrecruza la ultra mala fe de los emisores con la extrema ignorancia de los receptores.
Por supuesto, la autocrítica de la socialdemocracia escandinava y mundial ha brillado por su ausencia: ni palabra del fracaso que supone un modelo social buenista en el que los policías no van armados. En contraste, a las pocas semanas de la matanza, al otro lado del Atlántico, el estado de Tejas no se andaba con remilgos y ejecutaba a un "primo lejano" de Brevik, al que le dio por ponerse a acribillar a hindúes -pensando que eran musulmanes- como represalia por los atentados de las Torres Gemelas. Y aun más contraste hay cuando, según la legislación noruega, el asesino no estaría más de 30 años en la cárcel. Y eso si es condenado por crímenes contra la humanidad, porque si lo fuera por terrorismo (¿acaso no es el terrorismo en sí mismo un crimen contra la humanidad?) serían 21 años. O lo que es lo mismo: a tres meses y medio por muerto. Menos que De Juana Chaos aquí.
La cosa no cuadra, aunque presentar a los conservadores como gente peligrosa, violenta e intransigente sea la táctica preferida de las mentes menos pensantes de la izquierda. Hacer sospechar que los criminales son lo mismo que aquellos que saben cómo actuar contra estos -con mano dura- es de una vileza enorme. Sobre todo, cuando miles de mentes no mucho más ágiles en el discernimiento político compran este mensaje y acaban distanciándose de quien defiende un discurso de principios en la derecha por considerarle un radical. Es lo que ocurre cuando se entrecruza la ultra mala fe de los emisores con la extrema ignorancia de los receptores.
