Desde el primer momento me he negado a llamar indignados a los acampados en la Puerta del Sol de Madrid y en la Plaza de Cataluña de Barcelona porque es tan enorme mi identificación, desde que tengo uso de razón política, con ese término y tan nula con el conglomerado de la "Spanish Revolution", que me niego a concederles dicho calificativo. Y aun menos porque un panfleto infumable de lectura fácil y política de todo a 100, escrito por un nonagenario comunista francés, (quizás algo senil) sea quien lo diga. Así pues, les llamaremos de ahora en adelante "acampados", y ese sentimiento de indignación no van a conseguir expropiarnoslo.
También desde el minuto 0, los que conocemos mínimamente a los actores principales del "altermundismo" hemos podido intuir de qué se trataba éste hito en la historia de la humanidad que se nos avecinaba (quizás era la conjunción astral de la que nos habló Carlos Jesús, el día que tomó el cuerpo de Leyre Pajín), quiénes eran los que llevaban la voz cantante y para qué. Las formas de acampar en la vía pública sin permiso y violentar, por tanto, el orden que permite la convivencia ciudadana tienen patente de corso desde la noche de los tiempos: siempre son los mismos y muy colorados. Nadie con un mínimo de criterio podía llamarse a engaño: era una movilización de la extrema izquierda asociada ocasionalmente al movimiento de hackers pro descargas en la red y gente hasta entonces cabal, como Enrique Dans, que se dejaron engañar (no les votes, ni a PP ni a PSOE ni a CIU, y entonces sólo nos queda la hoz y el martillo). A ese sector que se mueve a la izquierda del PSOE e incluso de IU, se le fue sumando mucho frívolo por mera pose #revolucionari@, mucho ignorante y no negaremos que unos cuantos desesperados y alguna gente -poca- con buena fe. La mayoría no sabían del todo quiénes eran, pero unos cuantos sí que podíamos sospechar que no de los nuestros.
Se habló de algo plural y realmente lo era: había comunistas, anarquistas, libertarios, ácratas, librepensadores, okupas, antiglobalización, anticlericales, antifascistas, antikapitalistas, pacifistas, feministas y hasta batasunos. Al apropiarse en pleno final de campaña (cosa típica de los últimos a los que he nombrado, por cierto) de un sentimiento general, compartido y transversal como es la indignación ante la clase política española y por el alto grado de poder que concentran los partidos y las corruptelas varias, así como ante las consecuencias más palpables de la crisis económica y financiera, concitaron un revuelo mediático considerable y un alto grado de simpatía ciudadana.
Los medios de comunicación, los mismos dirigentes de los partidos políticos en su práctica totalidad (salvo las honrosas excepciones de siempre) con más o menos intensidad, y una parte importante de la población -algunos porque sabían exactamente de dónde venían y otros por desconocimiento absoluto-, ayudaron a engordar al movimiento. Craso error, porque el barullo ya era rechazable desde el principio pues independientemente de las intenciones su tarjeta de visita había sido una ocupación (o mejor dicho okupación) de la vía pública. Solamente por esas formas ya merecían ser ignorados por los medios, en lugar de promocionados; desalojados por los políticos gobernantes con competencias para hacerlo, en vez de peloteados de la manera más patética para que cayera algún voto en las municipales; y señalados por la gran mayoría de la población, a la cual no se le permite ocupar una plaza sin previo aviso ni fecha de llegada y aun menos de salida. Pero eran jóvenes y en la ideología políticamente correcta que alimenta al sistema hay que reírles las gracias a los jóvenes, más que nada a los que se salten las normas de convivencia y actúen con mala educación.
Los acampados dijeron que querían cambiar un sistema que no funciona bien. Y algunos que estamos en ello desde hace un tiempecito pensamos que eso se hace, primero de todo, formándose para opinar con conocimiento de causa y seguidamente militando en partidos, creando nuevos si no gusta la oferta, intentando influir en ellos a través de medios correctos, asociándose y colaborando con grupos civiles, creando opinión a través de los muchos medios que las tecnologías dan hoy día -aunque con poquito twitter, porque la vida es lo suficientemente complicada como para sintetizarla en 140 caracteres-, preparándose para el combate de las ideas y en definitiva influyendo. Pero sobre todo teniendo mucha paciencia para esperar que fluyan los cambios, en lugar de montar una tienda de campaña en medio de una plaza. Cambiar un sistema es algo serio y ese tinglado no lo era ya de entrada. Las plazas y las calles se toman en las dictaduras como Túnez o Egipto, cuando hay un tirano que puede ordenar abrir fuego real a la policía o sacar tanques como en Tiananmen (recordemos la roja banderita que lucían esos tanques, por favor), y no cuando vives en una democracia, aunque sea de pastel, sabes que si te pescan no te van a fusilar y tienes de líder de gobierno a un sin substancia como Zapatero.
Los acampados dijeron que querían cambiar un sistema que no funciona bien. Y algunos que estamos en ello desde hace un tiempecito pensamos que eso se hace, primero de todo, formándose para opinar con conocimiento de causa y seguidamente militando en partidos, creando nuevos si no gusta la oferta, intentando influir en ellos a través de medios correctos, asociándose y colaborando con grupos civiles, creando opinión a través de los muchos medios que las tecnologías dan hoy día -aunque con poquito twitter, porque la vida es lo suficientemente complicada como para sintetizarla en 140 caracteres-, preparándose para el combate de las ideas y en definitiva influyendo. Pero sobre todo teniendo mucha paciencia para esperar que fluyan los cambios, en lugar de montar una tienda de campaña en medio de una plaza. Cambiar un sistema es algo serio y ese tinglado no lo era ya de entrada. Las plazas y las calles se toman en las dictaduras como Túnez o Egipto, cuando hay un tirano que puede ordenar abrir fuego real a la policía o sacar tanques como en Tiananmen (recordemos la roja banderita que lucían esos tanques, por favor), y no cuando vives en una democracia, aunque sea de pastel, sabes que si te pescan no te van a fusilar y tienes de líder de gobierno a un sin substancia como Zapatero.
A la extrema izquierda alternativa y plural convocante se le fueron uniendo cientos de miles de personas. Muchas, como los que están en paro, para desahogarse de alguna manera pero muchos otros por pura pose "cheguevariana" o por ocio de fin de semana. Y es que sale muy barato pasar de la política los 365 días del año, ser incapaz de decir el nombre de tres ministros del actual gobierno ni saber en qué año murió Franco, pero limpiar la conciencia jugando al compromiso político, para sentirse parte de algo que se cree histórico pasando una noche por la Puerta del Sol antes de entrar en la Joy Eslava o haciendo el botellón y los petas al aire libre en una variopinta y divertida Plaza Cataluña bajo las agradables temperaturas nocturnas de finales de Mayo.
Empezaron a salir las primeras propuestas. Las políticas en un principio eran aparentemente transversales y compartidas por la practica unanimidad del país, excepto por los que han hecho de la política su modus vivendi: listas abiertas, proporcionalidad en el sistema electoral (esto más discutible, pues se veía la mano de Izquierda Unida que siempre es perjudicada por el reparto de escaños de la ley de Hondt) o una verdadera y efectiva división de poderes. La transversalidad voló cuando se fue más allá y se empezaron a proponer cosas como la sustitución de la monarquía por la república o apretarle aun más las tuercas a la Iglesia Católica (el Islam de los burkas y los suicidas nunca es problema para ellos). Las económicas reconfirmaron por donde iban los tiros: nacionalización de la banca (eso se lo han copiado a la Falange), tasa Tobin, draconianas subidas de impuestos (el sintecho que compra un cartón de vino también paga IVA, eh) y las mismas medidas que no solamente no mejorarían la economía si no que la acabarían de hundir. ¡Pero si era el programa electoral de Izquierda Unida, vaya una novedad! Y para entonces el destape era ya total: que si el neocapitalismo salvaje y una zona nudista, que si Israel asesino mientras unas feministas se largan porque han intentado magrearlas, que si yankys imperialistas mientras le damos al LSD , que si con el real demócrata Hugo Chavez no nos metemos, etc, etc.
A esas alturas miles de jóvenes que no eran nada -y eso es ser muy progre- ya habían servido de claca y bulto para legitimar a la izquierda radical más troglodita. Algunos de los que se quejaban por el precio de la vivienda eran los mismos que habían especulado con el piso de la abuela. Por no hablar de los defraudadores que habían cobrado paro en los tiempos de vacas gordas para pegarse un año sabático viajando o aquellos que se apuntaron a que les tocaran pisos de protección oficial cuando podrían pagar perfectamente una hipoteca. No todos pero muchos de ellos nos daban clases de democracia y culpaban de la crisis a políticos y banqueros, como si ellos mismos no hubieran contribuido a llegar a esta situación. Y es que la verbena de los auténticos demócratas sería una pasada pero habían cebado a una bicha. Y nuestro país se había convertido en un burdel con la madame de vacaciones: se podía acampar en la calle contraviniendo ordenanzas y leyes, la jornada de reflexión (por segunda vez en menos de 8 años) había sido reventada pese a la prohibición de la Junta Electoral Central y los antisistema de siempre habían conseguido el objetivo tan ansiado de hacerse permanentemente los dueños de la calle. Para sorpresa -o no- de muchos, la participación en las elecciones municipales y autonómicas fue bastante aceptable y los sacro santos partidos recibieron el voto de la gran mayoría silenciosa con un histórico voto de castigo para el primer partido del progresismo. España azuleó como nunca de Galicia a Badalona y de Covadonga al bastión rojo andaluz. Y es que, paradójicamente, en todo occidente, en Europa, y ya no digamos en EEUU, la mayoría silenciosa vota en tiempos de crisis para que arreglen el desaguisado a los que presumiblemente van a ir más allá en los recortes sociales que a la extrema izquierda tanto le gusta denunciar. Cuando al pueblo le tocó hablar de verdad, lo hizo en el sentido contrario de las consignas de los acampados. Pero los profetas de la democracia real siguieron a lo suyo.
A esas alturas miles de jóvenes que no eran nada -y eso es ser muy progre- ya habían servido de claca y bulto para legitimar a la izquierda radical más troglodita. Algunos de los que se quejaban por el precio de la vivienda eran los mismos que habían especulado con el piso de la abuela. Por no hablar de los defraudadores que habían cobrado paro en los tiempos de vacas gordas para pegarse un año sabático viajando o aquellos que se apuntaron a que les tocaran pisos de protección oficial cuando podrían pagar perfectamente una hipoteca. No todos pero muchos de ellos nos daban clases de democracia y culpaban de la crisis a políticos y banqueros, como si ellos mismos no hubieran contribuido a llegar a esta situación. Y es que la verbena de los auténticos demócratas sería una pasada pero habían cebado a una bicha. Y nuestro país se había convertido en un burdel con la madame de vacaciones: se podía acampar en la calle contraviniendo ordenanzas y leyes, la jornada de reflexión (por segunda vez en menos de 8 años) había sido reventada pese a la prohibición de la Junta Electoral Central y los antisistema de siempre habían conseguido el objetivo tan ansiado de hacerse permanentemente los dueños de la calle. Para sorpresa -o no- de muchos, la participación en las elecciones municipales y autonómicas fue bastante aceptable y los sacro santos partidos recibieron el voto de la gran mayoría silenciosa con un histórico voto de castigo para el primer partido del progresismo. España azuleó como nunca de Galicia a Badalona y de Covadonga al bastión rojo andaluz. Y es que, paradójicamente, en todo occidente, en Europa, y ya no digamos en EEUU, la mayoría silenciosa vota en tiempos de crisis para que arreglen el desaguisado a los que presumiblemente van a ir más allá en los recortes sociales que a la extrema izquierda tanto le gusta denunciar. Cuando al pueblo le tocó hablar de verdad, lo hizo en el sentido contrario de las consignas de los acampados. Pero los profetas de la democracia real siguieron a lo suyo.
Pasados los días, los comerciantes de la Puerta del Sol comenzaron a quejarse por las pérdidas económicas que la acampada les suponía. Pero a los anarkodomingueros permanentes lo mismo les daba, porque ellos se solidarizan con lo abstracto que es lo fácil pero con el perjudicado por la crisis concreto al que le ven la cara, no.
En Barcelona la situación empezó igualmente a degradar y la Plaza Cataluña se fue llenando de bártulos traídos desde casa por los acampados que, ante una previsible victoria del mejor equipo del mundo (gracias precisamente a esforzarse y tener valores) y su consecuente celebración, podían hacer del centro de Barcelona un auténtico campo de minas. El derrotado alcalde Hereu, como buen padre progre sufridor, le pidió al consejero de interior, Felip Puig, que los mossos d'esquadra permitieran enviar la chacha a casa de los nenes recién emancipados para que les limpiaran un poco el piso de solteros. Fue entonces cuando los acampados se enfrentaron con la policía y no permitieron que la doméstica les bajara la basura. Los mossos recularon porque el duro (de boquilla) Puig no tuvo valor de desalojar tras dos semanas de okup@ción y fue entonces cuando los acampados ganaron la segunda batalla moral.
En Barcelona la situación empezó igualmente a degradar y la Plaza Cataluña se fue llenando de bártulos traídos desde casa por los acampados que, ante una previsible victoria del mejor equipo del mundo (gracias precisamente a esforzarse y tener valores) y su consecuente celebración, podían hacer del centro de Barcelona un auténtico campo de minas. El derrotado alcalde Hereu, como buen padre progre sufridor, le pidió al consejero de interior, Felip Puig, que los mossos d'esquadra permitieran enviar la chacha a casa de los nenes recién emancipados para que les limpiaran un poco el piso de solteros. Fue entonces cuando los acampados se enfrentaron con la policía y no permitieron que la doméstica les bajara la basura. Los mossos recularon porque el duro (de boquilla) Puig no tuvo valor de desalojar tras dos semanas de okup@ción y fue entonces cuando los acampados ganaron la segunda batalla moral.
El Barça se coronó de nuevo en Wembley y los ayuntamientos se fueron constituyendo -casi todos con alcaldes del centro derecha-. Ante el 95% de ellos hubo concentraciones de antisistemas: en todos menos en aquellos consistorios en los que la coalición pro etarra Bildu había conseguido colocar alcalde (al sector nombrado por el PSOE del TC y al PNV las gracias). Es decir, precisamente ante el ayuntamiento más indigno de España -el de San Sebastián-, con un flamante recién nombrado alcalde batasuno amigo de terroristas y una banda asesina que aun no se ha disuelto, no había ni un solo indignado. O no había cojones o eran los mismos. Y resulta que era una cosa, la otra, y las dos a la vez, como se demostró en el capítulo más esperpéntico de ésta película. Ante la sesión parlamentaria en la que el Parlament de Catalunya debía aprobar unos presupuestos pensados para que el sistema social se salve de su desaparición absoluta tras el agujero dejado por las progresistas políticas del tripartito, miles de acampados decidieron darse una vuelta por el Parque de la Ciudadela -lugar en el que se encuentra la asamblea legislativa catalana- para cortar los accesos e impedir así que los diputados no pudieran acudir al pleno. Es decir, que ya pasábamos de tomar los lugares públicos a impedir la libertad de movimientos de las personas cortándoles el paso y con el agravante de que eran los representantes democráticamente escogidos por la ciudadanía apenas siete meses antes y en el ejercicio de sus funciones. No solamente no se les permitía acceder, también se les increpó, insultó, humilló, zarandeó, pintarrajeó, y sin importarles tan siquiera, a estos defensores de los débiles, que uno de ellos fuera un ciego con perro lazarillo que -a falta de flauta- esa gentuza le intentó arrebatar. 24 horas antes, el alcalde de Madrid y más progre del PP, Alberto Ruiz-Gallardón, había sido increpado con nocturnidad y alevosía ante las puertas de su casa cuando acompañaba a su esposa a pasear el perro por otra turba que no le perdonaba al primer edil madrileño el no permitir un concierto en el día del orgullo gay. Muchos se ofendieron de que se llegara al punto de acudir al domicilio familiar del político pero meses antes algunos súper demócratas enfermeros y enfermeras se habían plantado ante la residencia familiar de Artur Mas (antes muerto a que me traiga una aspirina alguno de esos) para ponerlo verde por los ajustes en la sanidad catalana.
Era curioso ver a todos aquellos políticos que más han contribuido en llegar a esto que fueran precisamente los peor parados: esos mismos que pasaban por alto, teniendo responsabilidades directas de gobierno, este tipo de violencia cuando la sufría el PP o los que tejían complicidades con el mundo antisistema. Ver correr a un comunista en estado puro como Joan Boada, con la calva rociada de spray rojo por los suyos, era como teletransportarnos a las purgas internas del stallinismo. O a los "fets de maig" cuando, en plena Guerra Civil, anarquistas y comunistas se perseguían por Barcelona a tiro limpio mientras los aviones fascistas italianos bombardeaban la ciudad condal y el pequeño caudillo se frotaba las manos y el bigote. Y por ese mismo cielo apareció el presidente de la Generalitat, Artur Mas, en helicóptero -como si Cataluña fuera una república bananera de esas en las que el dictador tiene que salir por patas del palacio presidencial antes de que la masa lo linche-. Con semejantes estampas la imagen de la Barcelona agradable, cosmopolita, moderna, businessfriendly, con equipo de fútbol campeón y capital de una nación sin nada que ver con la cutre caverna hispánica se acababa de ir al garete. Fantástico para los anticapitalistas que los inversores y empresarios extranjeros descarten Barcelona para montar sus empresas, pero trágico para los parados y la gente humilde a la que tanto dicen defender. Como siempre, las política de izquierdas, desde las más moderadas a las más extremas, perjudican principalmente a las clases trabajadoras a las que teóricamente deberían favorecer. En el primer caso acabas sin trabajo y con yonkis en el portal de casa, en el segundo directamente en el campo de concentración.
Y lo cierto es que sería cínico que los políticos atacados -los progresistas por sus políticas de progresión en la degradación social y los que se supondría de derechas por haberse dejado llevar por el progresismo políticamente correcto y haberse limitado, en sus años de gobierno, a gestionar con más acierto y algo de sentido común la economía- pusieran ahora cara de mus sin saber de dónde y por qué viene esto. Señorías, esto viene de leyes educativas que igualan por abajo, de la laxidad de las leyes, de desterrar la cultura del esfuerzo, de contraprogramar a la cultura con zafiedad, de borrar los lazos que el ser humano necesita para crecer y ser libre, o de inculcar el dogma de que tener valores, respetar la herencia de nuestros mayores, tener civismo, castigar a los que no y poner orden es facha. El sistema está enfermo, sí, y vomita antisistemas por doquier pero la enfermedad del sistema se llama sociedad. Mucho pedante relativista se lleva ahora las manos a la cabeza por hacia donde ha derivado esto -algunos ni eso- y son los mismos que vieron desde el origen que esto era un revival del Mayo del 68 francés. Pues han pasado más de 40 años de eso y las facturas de esa orgía aún se pagan hoy. Décadas construyendo el sistema a su gusto y aun les parece poco; tanto tiempo impregnando la sociedad de su nihilismo y aún quieren salvarnos de ellos mismos; casi 100 años desde la revolución rusa con el telón de acero bien roto, China creciendo vertiginosamente con la economía de mercado y hasta Fidel reconociendo en los umbrales de su muerte que el comunismo ya no les sirve y aun atacan a un sistema capitalista que, aún y sus imperfecciones, les ha pasado la mano por la cara. Como si la avaricia de los corruptos que lo pervierten no se estimulara cuando todo se relativiza y se vacía de moral. Como si el sistema fuera tan imperfecto como lo es el propio ser humano.
En este artículo se ha tratado de describir un hilo de malos comportamientos que han ido desde la ingenua instalación de una tienda de campaña en una plaza hasta intentar tirar al suelo y amenazar de muerte a un discapacitado. El siguiente paso puede ser pegar un tiro o poner una bomba. -Evidentemente, la mayoría de la gente que se ha dejado caer por la Puerta del Sol o la Plaza Catalunya ni por un segundo se plantearía algo así y a lo máximo que llegaría sería a pintarse las manitas de blanco para acudir a esos mismos lugares a suplicar a ETA o Al Qaeda que por favor no mate más.-
La bestia ya está muy crecida y, después de lo del Parlament, no sabemos ya cuál puede ser el siguiente zarpazo.
Mientras tanto, los que llevamos años indignados vamos a seguir trabajando por aquello que nos indigna transversalmente a todos: por una democracia menos partitocrática, en la que hayan elecciones primarias de verdad para escoger a los candidatos de los partidos; por la limitación de mandatos en buena parte de los cargos públicos; por las listas abiertas para elegir a nuestros representantes políticos; y por una real división de poderes, con un legislativo que controle al ejecutivo y un judicial que no sea nombrado por éstos.
También, como conservadores, seguiremos indignados por los millones de seres humanos a los que ni tan siquiera se les permite nacer, porque a cualquier fórmula de convivencia o relación afectivo-sexual se le equipare a lo que por naturaleza es familia, viciando el entorno natural básico para que una persona crezca y se desarrolle, por las trabas a que los padres escojan libremente la educación que quieren para sus hijos; indignados por las dificultades para que los emprendedores monten empresas, las mantengan y puedan dar trabajo, por las trabas al libre mercado que debe sacar a los países subdesarrollados de la miseria como ya lo está haciendo en China, Brasil y la India; indignados por el falseamiento de la historia y su desconocimiento, por la cultura subvencionada que a más ayudas más mediocre; indignados por el expolio fiscal a la clase media a cambio de unos servicios públicos masificados que muchos ni piden y que a los que realmente necesitan no les sirven; indignados por hacer de la universidad pública un pesebre funcionarial en la que se permite entrar y parasitar a todo aquel que no sabe qué hacer con su vida, con la consecuente denigración de la formación profesional y las escuelas laborales; indignados por el despilfarro con el dinero del ciudadano, en nombre de la sagrada social democracia, en tantos y tantos gastos inútiles a capricho del gobernante de turno; por el gigantesco, ineficaz y costoso entramado burocrático que rodea a la administración pública; por la estigmatización pública del excelente y la vulgarización masiva a través de la telebasura, e indignados frente a la disculpa permanente hacia el incívico y el delincuente.
Los mismos que tildan de fascista al Tea Party (un movimiento ciudadano precisamente contrario al macroestado -primera premisa del fascismo-, conformado por gente de todas las edades, nacido en EEUU para protestar por el rescate de bancos con dinero público del ciudadano y que ha tirado de las convicciones más profundas y populares del pueblo norte americano) han alimentado a la bestia y ahora ya no la pueden domar. Pero el Tea Party, sin más acampada que las 5 horas que pasó ante el Memorial Lincoln de Washington, ha logrado mucha más influencia que la que nunca conseguirán los de la comuna: colocar a muchos de sus diputados en las cámaras americanas, a través de un partido político que no monopolizan ni mucho menos, ser un lobby de presión a tener en cuenta y sintonizar con millones de ciudadanos. Pero, sobre todo, han conseguido el principal y primer objetivo concreto de la movilización: barrar el paso a la política fiscal del mismísimo presidente de los Estados Unidos.
Esto es lo que se consigue cuando se lucha con seriedad y cuando una nación se cimenta sobre buenos valores. Aspirar a un sistema perfecto puede ser una quimera, pero entre la democracia directa norteamericana y los experimentos de neocomunismo y anarquismo new age disfrazado de no sé qué, nos quedamos con lo primero. Gana la libertad y gana la estética.
Ser irresponsable y defender las ideas happy-buenistas ha sido durante décadas muy fácil y agradecido, aun a expensas de cargarse a toda una sociedad. Llegados a este extremo, parece mentira que al final seamos la gente de orden -una vez más- los que tengamos que salir a dar la cara y rompérnosla inclusive por una sociedad que tan poco nos gusta, y salvárles así "el clatell" a los Herreras y Boadas de turno, pero fué nuestro abuelo Churchill quien nos enseñó aquello de que la responsabilidad es el precio por la grandeza.
En este artículo se ha tratado de describir un hilo de malos comportamientos que han ido desde la ingenua instalación de una tienda de campaña en una plaza hasta intentar tirar al suelo y amenazar de muerte a un discapacitado. El siguiente paso puede ser pegar un tiro o poner una bomba. -Evidentemente, la mayoría de la gente que se ha dejado caer por la Puerta del Sol o la Plaza Catalunya ni por un segundo se plantearía algo así y a lo máximo que llegaría sería a pintarse las manitas de blanco para acudir a esos mismos lugares a suplicar a ETA o Al Qaeda que por favor no mate más.-
La bestia ya está muy crecida y, después de lo del Parlament, no sabemos ya cuál puede ser el siguiente zarpazo.
Mientras tanto, los que llevamos años indignados vamos a seguir trabajando por aquello que nos indigna transversalmente a todos: por una democracia menos partitocrática, en la que hayan elecciones primarias de verdad para escoger a los candidatos de los partidos; por la limitación de mandatos en buena parte de los cargos públicos; por las listas abiertas para elegir a nuestros representantes políticos; y por una real división de poderes, con un legislativo que controle al ejecutivo y un judicial que no sea nombrado por éstos.
También, como conservadores, seguiremos indignados por los millones de seres humanos a los que ni tan siquiera se les permite nacer, porque a cualquier fórmula de convivencia o relación afectivo-sexual se le equipare a lo que por naturaleza es familia, viciando el entorno natural básico para que una persona crezca y se desarrolle, por las trabas a que los padres escojan libremente la educación que quieren para sus hijos; indignados por las dificultades para que los emprendedores monten empresas, las mantengan y puedan dar trabajo, por las trabas al libre mercado que debe sacar a los países subdesarrollados de la miseria como ya lo está haciendo en China, Brasil y la India; indignados por el falseamiento de la historia y su desconocimiento, por la cultura subvencionada que a más ayudas más mediocre; indignados por el expolio fiscal a la clase media a cambio de unos servicios públicos masificados que muchos ni piden y que a los que realmente necesitan no les sirven; indignados por hacer de la universidad pública un pesebre funcionarial en la que se permite entrar y parasitar a todo aquel que no sabe qué hacer con su vida, con la consecuente denigración de la formación profesional y las escuelas laborales; indignados por el despilfarro con el dinero del ciudadano, en nombre de la sagrada social democracia, en tantos y tantos gastos inútiles a capricho del gobernante de turno; por el gigantesco, ineficaz y costoso entramado burocrático que rodea a la administración pública; por la estigmatización pública del excelente y la vulgarización masiva a través de la telebasura, e indignados frente a la disculpa permanente hacia el incívico y el delincuente.
Los mismos que tildan de fascista al Tea Party (un movimiento ciudadano precisamente contrario al macroestado -primera premisa del fascismo-, conformado por gente de todas las edades, nacido en EEUU para protestar por el rescate de bancos con dinero público del ciudadano y que ha tirado de las convicciones más profundas y populares del pueblo norte americano) han alimentado a la bestia y ahora ya no la pueden domar. Pero el Tea Party, sin más acampada que las 5 horas que pasó ante el Memorial Lincoln de Washington, ha logrado mucha más influencia que la que nunca conseguirán los de la comuna: colocar a muchos de sus diputados en las cámaras americanas, a través de un partido político que no monopolizan ni mucho menos, ser un lobby de presión a tener en cuenta y sintonizar con millones de ciudadanos. Pero, sobre todo, han conseguido el principal y primer objetivo concreto de la movilización: barrar el paso a la política fiscal del mismísimo presidente de los Estados Unidos. Esto es lo que se consigue cuando se lucha con seriedad y cuando una nación se cimenta sobre buenos valores. Aspirar a un sistema perfecto puede ser una quimera, pero entre la democracia directa norteamericana y los experimentos de neocomunismo y anarquismo new age disfrazado de no sé qué, nos quedamos con lo primero. Gana la libertad y gana la estética.
Ser irresponsable y defender las ideas happy-buenistas ha sido durante décadas muy fácil y agradecido, aun a expensas de cargarse a toda una sociedad. Llegados a este extremo, parece mentira que al final seamos la gente de orden -una vez más- los que tengamos que salir a dar la cara y rompérnosla inclusive por una sociedad que tan poco nos gusta, y salvárles así "el clatell" a los Herreras y Boadas de turno, pero fué nuestro abuelo Churchill quien nos enseñó aquello de que la responsabilidad es el precio por la grandeza.




