miércoles 16 de marzo de 2011

Un programa para conservadores


«Y, antes de tomar las armas frente a un mar de turbaciones, voy a deciros un secreto: detrás de toda discusión sobre la sociedad yace esta pregunta: ¿Cuál es el objeto de la vida humana? El conservador cultivado no cree que el fin de la vida sea la competencia; o el éxito; o el placer; o la longevidad; o el poder; o las posesiones. Cree, en lugar de eso, que el fin de la vida es el amor. Sabe que la sociedad justa y ordenada es aquella en la que el amor gobierna, hasta donde es posible que el amor gobierne este valle de lágrimas; y sabe que la sociedad anárquica o tiránica es aque­lla en la que se ha corrompido el amor. Ha aprendido que el amor es la fuente de todo ser, y que hasta el mismo infierno está ordenado por el amor. Entiende que la muerte, cuando hemos terminado la parte que se nos ha asignado, es la recompensa del amor. Y ve la verdad de que la mayor felicidad jamás otorgada al hombre es el privilegio de ser feliz a la hora de su muerte.
            No tiene la intención de convertir esta humana sociedad nuestra en una máquina eficiente para eficientes mecánicos, dominada por dueños igualmente mecanizados. Se da cuenta de que los hombres están en este mundo para luchar, para sufrir, para resistir contra el mal que está en sus vecinos y en ellos mismos y aspirar al triunfo del amor.
            Están en este mundo para vivir como hombres y para morir como hombres. Trata de conservar una sociedad que permita a los hombres llegar a su hombría, más bien que retenerlos entre los límites de una perpetua niñez. Como Dante, mira, desde este suelo de barro, desde este mundo de gorgo­nas y quimeras, hacia el amor que ilumina esta pobre tierra y todas las estrellas Y, con Burke, sabe que "jamás amarán cuando deben amar los que no odian cuando deben odiar".
(...)
A mi juicio, las preguntas que más urgentemente exigen una respuesta de nuestros conservadores son las diez siguientes:
    1)   El problema mental, o de cómo redimir nuestras inteligencias de la uniformidad y esterilidad de la época de las masas.
    2)   El problema del corazón, o de cómo resucitar las aspiraciones espirituales y los dictados de la conciencia en un tiempo que ha vivido demasia­do en medio del horror.
    3)   El problema del hastío, o de cómo nuestra sociedad industrializada y estandardizada puede adquirir un sentido renovado de las personas verdaderamente humanas.
    4)   El problema de la comunidad, o de cómo el colectivismo puede evitarse mediante la restauración de una verdadera república.
    5)   El problema de la justicia social, o de cómo lograr que la avaricia y la envidia no levanten al hombre contra su hermano.
    6)   El problema de los deseos, o de cómo satisfacer los deseos justos y desechar los injustos.
    7)   El problema del orden, o de cómo deben preservarse entre nosotros la variedad y la complejidad.
    8)   El problema del poder, o de cómo el poder que ha sido puesto en nuestras manos debe estar gobernado por la razón.
    9)   El problema de la lealtad, o cómo enseñar a los hombres a amar a su país, a sus antepasados, a su posteridad.
  10)   El problema de la tradición, o de cómo en este tiempo, en que el cambio parece reinar, una continuidad puede ligar una generación con otra generación».
Russell Kirk