viernes 14 de enero de 2011

Iglesia Católica S.A. (esto es: Salvadora de Almas)

La visita del Papa Benedicto XVI a Barcelona -previo paso por Santiago-, realizada para consagrar el templo de la Sagrada Familia como basílica, así como la publicación de diversos extractos de un libro en el que se interpela al Santo Padre de una manera directa y personal sobre, entre otras cosas, el discurso moral de la Iglesia, han vuelto a poner a éste en la picota de los medios de comunicación (esos mismos que tan alegremente predican la poca influencia del catolicismo en la sociedad actual, sin perder nunca ocasión de dar cobertura mediática al Papa o a cualquier declaración de un miembro de la Conferencia Episcopal, demostrando ellos mismos su paradójica impostura).
Pese a predicar un milenario mensaje de bondad, caridad y perdón, la Iglesia Católica es profundamente odiada por una buena parte de la población española -como bien reconocía Joseph Ratzinguer en el avión de camino a Barcelona- e ignorada en sus preceptos morales por otra buena parte de quienes aun se identifican como católicos. Para muchos, el meterse con la Iglesia, tanto desde elaborados argumentos fruto de los más diversos motivos de conciencia o malas experiencias personales, pero también para dárselas de iconoclasta, cuando no desde la más lamentable ignorancia, sale gratis en la Cataluña, España y Europa de siglo XXI. Duros ataques que contrastan con el silencio frente el Islam y sus clérigos más fundamentalistas. Y es que, como siempre, como desde su misma puesta en escena en el parisino Barrio Latino contra un anciano De Gaulle durante Mayo del 68, como con los EEUU, como con ETA, el progresismo sabe muy bien con quien puede hacerse el gallito y con quien no.
Las posiciones de la Iglesia no son fácilmente comprendidas pero precisamente es ahí donde radica buena parte del atractivo que mantiene esta santa institución en un momento en que todos coincidimos en que faltan valores y en el que padecemos una crisis económica que tiene indudablemente una base de inmoralidad. La cultura del esfuerzo, tan reclamada para lo formativo y lo profesional, tampoco tiene mucho éxito en ser seguida en lo humano y moral.


¿Iglesia S.A.?
A la Iglesia se le reprocha, desde poseer tesoros artísticos o regular singularmente un estado que es singular como el Vaticano, hasta su doctrina social en cuestión de bioética y sexualidad. Los más finos suelen decir que no avanza con los tiempos, pisándose así otro de sus argumentos estrella como aquel de que lo único que le interesa a la curia es amansar dinero y poder. Y es que no hace falta ser un MBA por ESADE o IESE (prestigiosas escuelas de negocios de matriz católica, fundadas por los jesuitas y el Opus Dei, respectivamente, por cierto) para entender que, si de lo que se trata es de ganar clientela y así mantener el chiringuito abierto, la Iglesia contraviene el más elemental plan comercial y hace todo lo posible para ahuyentar y perder adeptos. Porque lo que los detractores nunca podrán entender es que, cuando hay un mensaje que desde el punto de vista de la Fe está revelado y desde el punto de vista racional está sesudamente meditado y relacionado con el pensamiento expresado -siglos antes de la venida de Cristo- por los clásicos griegos y los grandes humanistas de Roma, como bueno para el ser humano, lo que menos importa es si los domingos llenamos la parroquia o no.

Sexo con seso.
La critica más común es la que se refiere a la interpretación católica de la sexualidad humana. A la Iglesia se le ha llegado a acusar nada menos que de ser la propagadora del SIDA en África, cuando son sus religiosos quienes están a pie de obra cuidando allí a los enfermos. Y resulta cuanto menos absurdo pensar que alguien que no sigue el mandamiento de mantener relaciones sexuales dentro de su matrimonio y que va copulando con lo primero que se encuentra vaya a descartar, precisamente en el momento de iniciar el acto sexual, el uso de un preservativo porque justo entonces ha recordado la apuesta de la Iglesia por los métodos naturales.
La Iglesia defiende la dignidad de la persona siempre y por eso en el campo de las relaciones sexuales defiende que éstas sean limpias, honestas y no utilitarias del otro partícipe, y lo hace a partir de una serie de preceptos entre los que destacan la fidelidad en la pareja y por lo tanto la abstinencia fuera de ella. Algo tan evidente como que si no hay cópula, no hay embarazo y, si no hay relación sexual con un desconocido, no hay contagio, es condenado por los "clérigos" del progresismo. La postura respecto a la familia, lo que hace es extraer una institución sólida y perdurable del dictado de la naturaleza. Es esta quien ha facultado que la unión sexual de un hombre y una mujer sea la manera de reproducir a la especie, con el sobreentendido mandamiento posterior de que el concurso complementario y y la unidad de ambos (porque unidos y por órganos sexuales complementarios se concibe), será también el marco adecuado para una correcta educación y formación del hijo. Dicha postura es también denostada con el argumento de que cualquier relación afectiva que ya por naturaleza está cerrada a la reproducción de la especie vale la mismo y es familia. Si bien es cierto que la vida es muy complicada y que a veces incluso el más bien intencionado católico se ve arrastrado por las circunstancias personales más difíciles, la Iglesia, como el buen maestro, no puede decirle nunca al alumno que estudie para aprobar, sino que debe enseñarle el conocimiento y estimularle para la matrícula de honor, enseñarle cual es el modelo excelente que le haría feliz, cosa que no obstaculizará para recibir siempre con los brazos abiertos al hijo perdido.

El caballo de Troya
A veces el discurso contra la Iglesia viene alentado desde su mismo seno, cuando aparecen una serie de personajes enormemente apreciados por quienes son indiferentes, cuando no activamente contrarios a ésta. Religiosos que van por libre, monjas mediáticas y mossenes enrrollados que nunca se cansan de hacer confundir al rebaño y mal hablar del pastor. Pero si la Iglesia fuera tan inquisitorial, como este tipo de personajes predican a los cuatro vientos, hace tiempo que estarían expulsados, cuando no excomulgados, en vez de mantenidos económicamente por esa institución de la que tanto rajan para provecho de quienes la quieren hacer desaparecer. Si fueran coherentes (adjetivo que suelen utilizar con frecuencia para autodefinirse y diferenciarse de los malos malísimos curas normales) y no estuvieran de acuerdo con las reglas de la casa, se habrían marchado hace tiempo, como hizo un tal Martín Lutero. Oportunidades de seguir a Cristo a su manera nos les faltarían si abrazaran alguna de las miles de iglesias protestantes o crearan la suya propia a su total gusto. Pero es evidente que entonces perderían el sustento económico y, sobre todo, el potente eco mediático del que gozan. No se cansan de decir que si la Iglesia "progresara" (¿les suena?) los templos se llenarían de fieles y el catolicismo brillaría más que el sol. Sin embargo, la iglesia protestante más progre no ha recibido ninguna insufla de fieles por ordenar a mujeres, repartir condones, casar a parejas homosexuales o incluso defender el crimen más sucio y cobarde ocultado bajo el eufemismo "el derecho de la mujer a interrumpir voluntariamente su embarazo". Pero el progresismo sí que ha sabido hacer cuajar el tópico del cura progre de parroquia obrera que atiende a los desamparados frente al cura carca que solamente está interesado en trepar hasta la curia. Y es que todavía quedan los suficientes que no han colgado los hábitos para militar en el Partido Comunista y ajuntarse con alguna parroquiana, como para que se pueda mantener ésta leyenda urbana.
Por otra parte, los repugnante casos de abusos sexuales a menores, obra de indecentes, indignos y criminales curas, traidores a  Cristo, han sido lo suficientemente sacado de quicio y manipulados, con la inexcusable ayuda de la torpeza y mediocridad de muchos altos cargos eclesiales, como para que el pilar de la educación en valores cristianos sea cuestionado. Lo que se pretende es poner en estado de sospecha a todo religioso para que los padres no lleven a sus hijos a los colegios confesionales, romper el lazo que aun mantienen millones de españoles con el catolicismo a través de su obra educativa. Una gran ayuda, la de los casos de pederastia, para acabar con el prestigio de los centros de enseñanza religiosos de cara a padres que sin practicar, incluso sin creer del todo, piensan que son los más adecuados para sus hijos.

Fe, modelo de sociedad e identidad
La Iglesia no puede imponer nada porque, por encima de todo, predica la Fe y esta es una cuestión personal, que se tiene o no. Aunque también uno puede decir aquello de “Dios sí, Iglesia no.”, o abjurar de todo lo que le han enseñado en el colegio, familia y entorno (que hayan enseñado ya es mucho suponer), decir que la Biblia y Jesús son un cuento, y chotearse de las apariciones marianas a la vez que se lanza en manos de la última filosofía oriental de moda, sustituyendo la peregrinación a Montserrat por la chupada de cola en un pabellón municipal para darse un abrazo con una mediática india. Ya lo decía Chesterton: “Quien deja de creer en Dios, puede acabar creyéndose cualquier cosa.” Pero el catolicismo además de Fe, es una propuesta ética y social ante la vida que tiene todo el derecho a ser predicada y defendida. Por ello la Iglesia Católica puede y debe ser un importante actor social que diga lo que considera oportuno ante cualquier tema social, moral y vital de importancia para el hombre. El progresismo y el laicismo pueden rascarse todo lo que quieran cuando les piquen las palabras del obispo x o del Santo Padre. Aquí los sindicatos, la coordinadora gay-lesbiana o la Academia del Cine pueden opinar e intentar influir (por no decir, influir y conseguir la aprobación de leyes literalmente dictadas por ellos), pero parece ser que la Iglesia, al representar una religión, debe mantenerse al margen, de nuevo en las catacumbas. Los católicos no deben caer en esa trampa que intenta relegar el hecho religioso a casa,  porque como se está diciendo, una cosa es la Fe que es personal y no se puede imponer, y la otra es la apuesta por una serie de valores buenos para el hombre, que tienen todo el sentido de ser difundidos y llegar a inspirar al poder político cuando así lo estima un pueblo convencido de cual es el bien común.
En tercer lugar, el catolicismo es identidad. Cuando contemplamos desde lo lejos cualquier pueblo o ciudad de nuestro entorno, y en un radio de miles de kilómetros a lo largo y ancho de todo nuestro continente, el campanario de la Iglesia sobresale y caracteriza a ese lugar. Nuestras fiestas son patronales por la Virgen o tal Santo, celebramos en familia la Navidad porque su origen es la Natividad de Cristo, hacemos un parón laboral antes de verano por la Semana Santa, celebramos las Pascuas y así podríamos dar milllones de ejemplos que demuestran lo que no hace falta demostrar: que con Fe o sin ella y estemos de acuerdo o no con la doctrina social de la Iglesia, somos cultural e identitariamente católicos y eso tiene un componente práctico como es, por ejemplo, el de no estar quitando crucifijos de cualquier lugar público como un poseso, o incluso permitirlo por obra u omisión.

Más necesaria que nunca
Y mientras tanto el laicismo golpea, el ser humano actual vive vacío, con incomprensibles y reiterativos momentos de soledad, de inquietud, de miedo y sobre todo de inseguridad, mucha inseguridad. Y ello es fruto: del relativismo intelectual que rompió ya hace décadas los parámetros clásicos, por los que se había guiado desde siempre la humanidad; del libertinaje que se ha traducido en la pérdida de compromiso; de la devaluación de la palabra dada; del más frío utilitarismo; y de un individualismo, travestido según cuando de falsa solidaridad cara a la galería. -¡Cómo nos encantan, las concesiones de cara a la galería!-
Aquel otro tipo humano que se empapó de los conceptos naturales, con sus pros y sus contras, era capaz de ver las cosas, y obrar en consecuencia. Aquel ser humano quería a su casa, porque era su casa, quería a lo suyo porque era lo suyo. Independientemente de que pudiera haber casas objetivamente mejores, y por eso no amaba ni hacía pasar a la suya por la mejor sino que la amaba precisamente por ser la suya. Hoy nunca se consigue la casa ideal, porque cuando se mejora, ya se está pensando en otra mejor, y así sucesivamente. El ser humano del pasado amaba a su casa, porque la había construido con sus propias manos, porque sabía lo que costaba levantarla, porque si la había heredado conocía la historia de sus ancestros, la respetaba y la admiraba, y cuando lo segundo no era posible, por lo menos hacía lo primero.
Su patria, era su patria, su consorte era su consorte, su familia era su familia, y sus vecinos y amigos eran sus vecinos y amigos. Y aunque no fueran los mejores objetivamente, subjetivamente sí lo eran, porque eran los suyos y él era de ellos.
Por eso, ahora más que nunca, es necesario que se mantenga abierto el refugio, el lugar donde las cosas no cambian, donde el mensaje sigue siendo el mismo, porque la naturaleza humana en el fondo sigue siendo la misma, aunque ceda a los estímulos de la época. Y por eso la Iglesia sigue, y siempre seguirá ahí, pese a que haya podido cometer errores históricos (como todo colectivo conformado por hombres), pese a posturas que es normal que actualmente no se puedan entender sino se reflexiona en ellas con la profundidad que exigen, desde una óptica sencilla, desnudando a la verdad, pese a las conductas y ejemplos personales que para nada definen al colectivo ni expresan el ejemplo general y para las cuales (tanto para éstas de dentro, como para las de fuera) siempre existe el obligado perdón por los errores. 

Una casa imposible de derrumbar
La Iglesia Católica sigue siendo el refugio al que acudir. Una morada donde todo es seguro porque lo básico no cambia, pues es la propia naturaleza la que guía el barco. Un sanatorio que tiene las recetas para paliar nuestra actual enfermedad: no ir contra la Naturaleza de las cosas, conservar lo que nos legaron los mejores en vez de creer en amargados filósofos con malas obras y peores finales, no sustituir a Dios por becerros de oro, ser conscientes de nuestras propias limitaciones sin que ello sea igual a hacernos asequibles al desaliento y a abdicar de nuestras aspiraciones, alzar nuestra vida a la categoría que merece y no conformarla a ser una meras pieza de ésta anquilosada máquina. Y sobre todo saborear la obra del Creador, sin hedonismo ni frivolidad, pero con alegría y buen paladar.
Para aquellos que tienen dudas, para los que quieren respuestas de verdad y no respuestas a la carta, para quienes quieren plenitud, permanencia, y lo mejor de la vida, la Iglesia siempre tendrá las puertas abiertas. Quien bien te quiere, te hará llorar, y las palabras del Santo Padre precisamente son el mensaje de la ruptura, de la rebeldía ante un mundo sin rumbo, ante unas patrias y una Europa que han perdido su norte, precisamente desde el momento en que han olvidado su tradición, sus raíces y las obras de sus mejores hombres, el porqué de su empeño en trabajarlas.
No se trata de dar lecciones de moral a nadie, se trata de reconocer la realidad de las cosas y compartir. No se trata de seguir a pies juntillas, se trata de entender. La Iglesia Católica sigue salvando almas y defendiendo vidas, pese al odio y la indiferencia, y pese a que los medios de comunicación hagan polémica y silencien el grandiosísimo trabajo social que sigue realizando esta institución, 2.000 años después de su fundación siguiendo el dictado de Jesucristo, el mismo Dios hecho hombre.