Hace tiempo que el fútbol, para bien y para mal, es un importante catalizador de los sentimientos, las emociones y los valores de una comunidad. Y en ese sentido, la histórica victoria de la Selección Española en el Mundial de Sudáfrica ha servido para dar una inyección de moral patriótica y autoestima nacional a un país históricamente acostumbrado a que la anormalidad sea la norma habitual de su patrón de conducta colectiva. Lo que en otros estados del mundo es incuestionable, aquí se subvierte y así nos va. No es que el resto de Occidente -Europa, principalmente- ande mejor, pero nosotros siempre destacamos bastante-mucho peor en todo, ya sea desde el índice de fracaso escolar hasta el ránking en consumo de cocaína, la tasa de abortos o el nivel de facilidades para montar una empresa. La explosión de euforia contenida que supuso el cabezazo de Puyol contra Alemania y, ya no digamos, el gol en el descuento de ese ejemplo del talante que debe tener un ídolo de masas como es Andrés Iniesta, tienen ya un sitio en la historia de la mejor España. Como dijo Johan Cruyff, no se pueden hacer mejor las cosas. Y es que éste ha sido un logro desesperadamente deseado por varias generaciones de compatriotas que tiene un valor doble porque además se consigue apostando por un estilo de juego vistoso, ofensivo y limpio (haciéndose aun más evidente ante el cerrojo ultradefensivo de los primeros rivales, la impotencia alemana y el asqueroso e impune juego sucio holandés en la final); y también porque el grupo humano ha sido excepcional, pues estaba conformado en su práctica totalidad por jugadores de apariencia noble, humilde y sensata, coordinados por la batuta de un seleccionador que por primera vez en décadas ha irradiado esa misma manera de ser y actuar. Incluso, como en toda película de guerra con victoria final, hubo el momento romántico en el que el capitán enamorado besó a la bella princesa maltratada. Una nueva y moderna selección -"la Roja"- pero con una tradición centenaria a sus espaldas y el aliento de todo un pueblo en el cogote. La adopción del estilo de juego del Barça y el bloque de jugadores catalanes ha sido fundamental para conseguir el campeonato. Gerard Piqué decepcionó a muchos culés independentistas cuando leyeron en La Contra de La Vanguardia una contundente declaración de intenciones, escapando de la habitual diplomacia del futbolista que se hace el sueco ante las preguntas que buscan el sentimiento más allá de la profesionalidad y el interés como deportista de élite: "España y Cataluña nos necesitamos. ¡Debemos estar unidos para ser más grandes! Me entristece mucho cuando en algunos sitios oigo que nos increpan por ser catalanes, yo apuesto por llevarnos bien. Yo no confío en los políticos… Lo que sí sé es que España y Cataluña son compatibles. Aunque Cataluña se independizase de España, seguiría necesitando a España, y Cataluña es importante para España. ¡Lo mejor es estar juntos!” A falta de un Cambó del siglo XXI y del fracaso del otro Piqué, no hay otra mejor forma de ejemplificar aquella genial frase del político conservador regionalista que reclamaba "una Catalunya forta dins d'una Espanya gran".
24 horas después de que un millón de catalanes -según dicen- se manifestara contra la sentencia del Tribunal Constitucional acerca del Estatut, la mayoría de ellos coreando consignas por la independencia del Principado, una quincena de jóvenes de la quinta de Naranjito hacían una demostración de como unidos podemos llegar a dejar boquiabierto al mundo entero como lo hicieran aquellos españoles leales súbditos de los Reyes Católicos, el Emperador Carlos y Felipe II, o siglos ya más tarde cuando nuestros antepasados inventores de las guerrillas infringieron la primera derrota al todo poderoso Napoleón Bonaparte con timbalero sonido de fondo. Y es que España fue potencia demasiado pronto, tanto como para que una corte de validos, fantoches con tierras y título, y pícaros vividores dilapidaran la gloria y la grandeza amansada por sus ancestros, haciendo de nuestra Patria un caldo de cultivo para que en ella criaran las ideologías del auto odio y ante estas no hubiera otra reacción posible más que la de los "espadones cañís". (¡Malditos sean todos ellos!) Y es que ya lo decía el mismo Cervantes en nuestra gran obra santo y seña de El Quijote: "¡Qué buen vasallo sería, si tuviera buen señor!". Y por eso, a diferencia nuestra, pasear por potencias más contemporáneas, afortunadamente aun en pie como los Estados Unidos, venidas a menos como el Reino Unido y Alemania, y ya caídas en desgracia como Francia, supone comprobar que efectivamente quien tuvo, retuvo y que los totalitarios "atilas" de turno no han conseguido arrancar aun toda la hierba de dignidad nacional y arrebato popular de los mencionados países.
![]() |
| Barcelona durante la final del mundial |
Llevar la bandera española ya no es de fachas y ver un fenómeno tan sorprendente como que en las carrozas del desfile del orgullo gay hubieran más rojigualdas que banderas del arco iris, habla por si mismo de la ansiada normalización de la bandera (de la otra, ya hablaremos otro día). Se ha acusado siempre a la derecha de apropiarse de los símbolos, tanto como para que los autodenominados "centristas" partidos, que en la actual democracia han recibido los votos conservadores, mirasen durante una buena época de que no se extendiera su ostentación en sus actos de campaña, pues les evitaba quitarse esa imagen derechista de la que huían. La acusación ha partido de una izquierda que utilizó el cambio de sistema de gobierno o forma de estado para -de una manera ridícula- quitar colores y cambiar partituras de blasón e himno. Es lo que decíamos del auto odio y es cosa lógica porque a la que el progresismo -liberal y afrancesado primero y socialista después- rasca un poco la historia refundacional de Hispania ve cruces y espadas por todas partes y no le gusta. Por eso, ignora la conversión visigoda, reniega de algo tan heroico como una reconquista al Islam no repetida por ningún otro pueblo en el mundo, exagera y amplifica los desmanes del Descubrimiento y la Inquisición a la vez que calla sobre los auténticos genocidios raciales cometidos en Norteamérica y las persecuciones religiosas protestantes y heréticas protagonizadas por las otras potencias antes mencionadas; como también atisba el fuego de los cantonalismos desde el jacobinismo centralista y la complicidad secesionista, escupe sobre la tradición propia como no lo hacen el resto de integrantes de sus internacionales y reescribe la dramática historia más reciente -la de inciviles guerras entre hermanos- como una burda novela de buenos y malos para así ganar la hegemonía moral sobre el adversario. Por contra, quienes han copado las derechas han sido incapaces de seguir la estela de los pocos pero excelentes pedagogos de las Españas que desde el conservadurismo - ya fuera tradicionalista o liberal- han querido regenerar sin arrasar lo mejor. El drama no es que España no comprenda el "problema catalán" y "el conflicto vasco", sino que no se entiende a ella misma porque le ha dado durante siglos la espalda a su naturaleza humanística y cultural. Cuando Sergio Ramos se indigna porque, en una rueda de prensa, su compañero Piqué habla una de sus dos lenguas con un periodista que le pregunta en ese idioma hay -además de una demostración de que el imitador de Cracovia no anda muy desencaminado- un fracaso del patriotismo español. Cuando un joven enarbola una senyera estelada o una bandera rojigualda con el toro de Osborne, previamente ha sido víctima de la mutilación de la historia de sus raíces. Pero incluso un buen número de aquellos que se dicen independentistas, sobre todo esos que lo son según el día, han sentido cierto orgullo hispánico al ver la copa del mundo en nuestras manos, sobre todo en las de Xavi y Puyol (excelente gesto el de la cutaribarrada de cuyos colores nace la nacional), y han pensado que "en otra España sí estaríamos".
En ese sentido, convendría clarificar posturas, tener claro si somos lo que somos y a partir de ahí miraremos cómo nos organizamos internamente. Si un catalán no se siente español, su sentimiento que es emocional no se variará según el cuerpo de policía que pone las multas de tráfico, ni tan siquiera por un concierto económico (como demuestran los Ibarretxes de turno, por no hablar de las alimañas en tregua). Y si un catalán se siente español, su sentimiento no lo conseguirán modificar 10 millones de Sergios Ramos que se molestan por oír hablar la lengua de quienes contribuyen solidariamente con el mejoramiento social y económico de su Comunidad Autónoma. Vale la pena reconocer que sin una amenaza independentista, el recelo centralista desaparece y gran parte de las reivindicaciones que hoy se ven como excusa para separar ya no se ven como tal, sino como una mejor forma de administración para un territorio que bien gestionado favorece las posibilidades del conjunto. Por eso, el mismo estatuto que amenaza la unidad en Cataluña, no lo hace en Andalucía. Y en ese sentido, convendría que los catalanes no independentistas y los españoles del resto de España no separadores trabajaran para destacar más lo que nos une que lo que nos separa y acabar con la retroalimentación separatista-separadora. Porque al final la cuestión estatutaria, y de reforma constitucional si hace falta, queda reducida a una cuestión de confianza nacional. Por eso, después de tanta tragedia padecida en nuestro pasado y tanto bochorno aguantado en nuestro presente, al final han tenido que ser unos deportistas veinteañeros quienes nos han demostrado involuntariamente cual es el camino a seguir y la manera de hacer las cosas: unidad en la diversidad, con unos liderando y otros complementando de una manera insustituible, y orgullasemente humildes por la vida. Discutimos dentro, pero juntos somos más fuertes fuera, como demuestran los chicos de Del Bosque. Y por eso, ahora le toca a este pueblo, y a los dirigentes que emergen de él, hacer también realidad el que ha sido nuestro lema desde hace más de 500 años y embarcarnos a todos hacia delante, sin dejar a nadie atrás, llevando a España plus ultra, más allá (de la Roja).

