sábado 18 de septiembre de 2010

Las elecciones menos ilusionantes de la historia

Durante las campañas electorales de las primeras elecciones después del franquismo la gente asistía en masa a los mítines y cualquier partido extraparlamentario era capaz de llenar una plaza de toros o un polideportivo. Todo el mundo contactaba con aquel grupo político en el que se veía mejor reflejado y la variedad de opciones era extensa. Menos este último factor, en Cataluña, difícilmente se van a repetir el resto en las próximas elecciones autonómicas del 28 de Noviembre. El divorcio entre la clase política y la ciudadanía va camino de la nulidad y de que los años 80 y 90 se queden en una apariencia de matrimonio con unos hijos golfos y malcriados heredando nuestras instituciones y dilapidando el legado de sus ancestros. La abstención puede ser de record, el voto en blanco también y la opción de “otros” en la que se engloban en encuestas y resultados a todas las candidaturas de formaciones que no tienen representación parlamentaria puede batir también su mejor marca llevándonos a una italianización total de la política (¿o es que el oasis no apesta cada día más a tangetópolis?) y al Parlament a una réplica, al otro lado del Mediterráneo, de la Knéset israelí. 
Más allá de la desafección política en general, el elector conservador unionista con criterio político, que no se conforma con ser un mero fan de partido, puede ya percibir lo desilusionante  que va a ser la próxima noche electoral gane quien gane. Las opciones son o bien la izquierda -en su versión tripartita o en una imposible mayoría socialista- con su irritante dogma buenista caduco, su pésima capacidad de gestión y su tozuda elevación de los mediocres a los puestos de más responsabilidad, que llevamos sufriendo durante 7 años (y los últimos 3 con una crisis económica galopante); o bien el independentismo a largo plazo que, aunque escapa ahora de aventuras secesionistas, utilizará el poder y las competencias, como hizo durante más de dos décadas, para seguir separando entre Cataluña y el resto de España, y entre los mismos catalanes, porque de los que se trata es de poder ganar el referéndum de autodeterminación, si no en dos legislaturas, en cuatro (Artur Mas dixit). Y es que en el fondo, el de CiU es el independentismo inteligente y pragmático: el único realmente realista. Lo malo es que haya tanta gente que, sin ser separatista, se emperre en seguir votándoles y otorgándoles el honor de ser la primera fuerza política en el Principado. Y es que Convergencia siempre lo ha tenido esto de ganar el voto regionalista siendo independentista, o el del centroderecha siendo un centroizquierda con ciertas apariencias conservadoras como el mismo icono que representa Marta Ferrusola y el eterno tonto útil socio democristiano. 
Y lo cierto es que no podemos culpar al votante convergente no independentista –en gran parte de los casos ni siquiera nacionalista- cuando la alternativa es un Partido Popular habitualmente muy poco sugerente. Y es que el PPC ejemplifica con su hamletiana actitud respecto la ofrenda floral al monumento de Rafael Casanova lo que es un grave problema de fondo: una nula estrategia política siempre variable y la falta de un discurso claro, estable y propio. Un año van a la estatua con la corona de flores y otro año no, ahora vuelven a ir y ahora vuelven a dejar de ir, consiguiendo marear al militante que va obligado a hacer bulto y que buenas ganas tiene de madrugar en un día festivo para recibir insultos y pitos en una celebración que, por estar institucionalmente tan manipulada, nunca fue la suya. Si el Partido Popular de Cataluña tuviera realmente las cosas claras, empezando por el papel que se le exige en la Diada, acudiría “amb un parell de collons” con senyeras y también rojigualdas (que históricamente en esa celebración pinta bastante más que la estelada) al cruce de Ali Bey con la Ronda de San Pedro para recuperarla históricamente, y leería el manifiesto del 11 de Septiembre redactado por el propio Casanova en el que pide a los héroes de 1714 salir a defender la ciudad contra las tropas francesas por la Fe, el legítimo Rey y España. Y es que resulta paradójico que ni en el “Fossar”, ni en la tumba del “Conseller en cap”, ni en otros lugares que se han apropiado para el culto separatista no se lea el que precisamente fue el bando pronunciado en la fecha conmemorada por el héroe homenajeado. Pero ese sería ya otro tema.
Alicia Sánchez-Camacho pasaba por ahí, contenta con el regalo de un escaño en el Senado, que según la tradición  le pertocaba al entonces presidente del partido -Daniel Sirera-, tras no haber conseguido sacarlo para el Cogreso de Diputados por Gerona (la única provincia española en la que el PP no obtuvo representación en las últimas elecciones generales), cuando un Rajoy -con sus barbas fuera de remoje y con su liderazgo recién salvado, tras una segunda derrota frente a ZP, por Paco Camps, antes de que el tema de los trajes y el mamoneo de los "Correas y Bigotes" saliera a la luz- le dijo “tú de presidenta”, viendo el percal que se estaba a punto de montar con las tres candidaturas para el liderazgo del PP catalán. 

La candidata popular, como buena parte de sus compañeros, tiene la capacidad de defender una cosa y la contraria, con tal de ganar votos. Puede ir de mercadillo a Badalona -aprovechando que Sarkozy por fin rompe tabúes- para cargar contra la inmigración, con García Albiol y una eurodiputada gaullista de la UMP al lado, porque tienen a la Plataforma per Catalunya de Anglada quitándole escaños en sus encuestas internas, como podría hacerse de SOS Racismo y tocar el timbal en la carpa de los masais en la fiesta de la diversidad si hubieran cámaras delante; podría pelotear a CiU y tragar con la absurda exigencia de traducción simultánea en el Congreso de los Diputados, como también puede intentar echar mano de Vidal-Quadras para enviarlo a hacer campaña por el cinturón y conseguir anular de una vez por todas el efecto Ciutadans; podría hacerlo y lo hará, como puede colocar y coloca a un par de supernumerarios del Opus en su lista electoral para que el voto de miles de “carcas” -como el que aquí escribe- no vayan a parar a los experimentos de una Montserrat Nebrera a la que definitivamente se le ha pasado el arroz por deméritos estratégicos propios.

Cuando este PP se pone por fin espléndidamente incorrecto según el catecismo del buen progresista, pasa un poco como en esas parejas de novios primerizos en las que primero la novia se molesta porque el maromo no le ha dicho nunca que la quiere y luego, pasado el tiempo, cuando éste se lo repite empalagosamente a todas horas, entonces ya no le cree y lo deja plantado. Con nuevas caras este discurso colaría, pero conocemos demasiado a la mayoría de los actuales dirigentes, tanto a nivel nacional como autonómico, y les hemos visto demasiadas veces contradecirse, no ser consecuentes y defender el discurso contrario al que ahora parecen adoptar.
A propósito de Ciutadans, este como CiU, es otro partido de centroizquierda o liberalprogresista que recibe a mansalva votos de la derecha. El día en que Albert Rivera, como Rosa Díez, comience a ser invitado a las tertulias de Intereconomía para opinar a fondo sobre el aborto, la educación, la familia, el libre mercado y en general sobre el modelo de sociedad, muchos de sus votantes se llevarán una desagradable sorpresa, a no ser que lo único que realmente les importe en esta vida sea el poder recibir las cartas de su Ayuntamiento también en castellano.
Así pues, siendo estas elecciones un mano a mano entre un PSC que ha abierto la puerta de salida a la “gauche divine” y otros progres de la Bonanova, para apostarlo todo por los “quinquis del Baix”, y una CiU que prepara su retorno a la Generalitat con posibilidades de un posterior premio extra en el Ayuntamiento de Barcelona, el elector conservador-unionista-regenerador con criterio propio y no de partido solamente podrá sonreír comprobando como el independentismo impaciente del aquí y ahora va dando un espectáculo de pressing catch entre Puigcercós, "Silvio" Laporta y Carretero, mientras se impresiona ante la insuperable capacidad de decir hasta mil idioteces por minuto del hijo político favorito de la pareja Saura-Mayol, Joan Herrera; así como comprueba como el tiempo le vuelve a dar la razón con una posible entrada de Anglada en el Parlament que puede desacreditar por completo a la clase política catalana. Aunque me da que los integrantes de ésta, ni por esas, van a captar el mensaje y a aprender a trabajar con una mínimo de seriedad.