Un Domingo de Resurrección más, los partidos “abertzales” vascos han celebrado el por ellos denominado “Día de la Patria Vasca”. -Aunque hay que decir que el “Aberri Eguna” ya no es lo que era desde que el ex jesuita y ex presidente del PNV Xabier Arzalluz dejó de intervenir y se acabaron sus chulescas salidas de tono post txakolí. Los Ibarretxe, Imaz o Urkullu no dan la talla, y quizás por Sabin Etxea podrían ir pensando en probar de animar la fiesta con algun Eguibar o Erkoreka, que a estos sí que se les da bien eso de sermonear desde la tribuna con el mentón bien para arriba, joer.-
Llama poderosamente la atención que en un territorio se haga coincidir lo que se considera su fiesta nacional con el día en que se conmemora la resurrección de Jesucristo. Y no es que, como dice el chiste, Cristo naciera en Bilbao, sino que cuando te sacas un país de la manga y te inventas una nación puedes hasta ingeniar una original bandera inspirándote en la forma de la del enemigo histórico de España –con perdón para los irlandeses del Ulster- y escoger como día nacional el que te dé la gana. Sabino Arana, el pintoresco fundador del nacionalismo vasco, descubrió un buen día que no era español, tras el trauma que le supuso que su hermano Luís le comentara que en el tren , un antipático santanderino, les había tratado de malos españoles por gozar de unos fueros y ventajas que sus vecinos del oeste no tenían. Y por eso, Sabino, dolido en su ego pueblerino, se inventó una nueva patria. Primero, para no complicarse la vida, la siguió llamando Vizcaya y más tarde, cuando la cosa se vio que iba más en serio y que no era paja mental de un día, la bautizó como Euskadi. Luego, como los cántabros eran unos frustrados sin fueros, echaron el ojo por abajo y vieron que una tal Navarra que les podía dar cierta cobertura histórica, caía por allí al lado, y la llamaron Euskal Herria.
Arana además de tener poca cosa que hacer, era hijo de carlista y, por lo tanto, un férreo defensor de la Ley de Dios. Y lo cierto es que ,en ese sentido, poco de humanista cristiano le queda al nacionalismo vasco en general y al PNV en particular, a parte de ésta exótica celebración pascual. El PNV, que en su momento perteneció a la Internacional Demócrata Cristiana y que de ella fue expulsada por Aznar con el beneplácito del resto de socios europeos -a excepción de la Unió de Duran i Lleida- ha apoyado, sin irnos a ejemplos muy lejanos, la reforma de la ley del aborto promovida por Bibiana Aído y Zapatero. Y es que , mirándolo bien, no podemos esperar que tengan mucha sensibilidad por los seres humanos no nacidos, aquellos que matizan, comprenden y hasta buscan cualquier excusa para el diálogo franco con los etarras que matan a la gente bien nacida.
Llama poderosamente la atención que en un territorio se haga coincidir lo que se considera su fiesta nacional con el día en que se conmemora la resurrección de Jesucristo. Y no es que, como dice el chiste, Cristo naciera en Bilbao, sino que cuando te sacas un país de la manga y te inventas una nación puedes hasta ingeniar una original bandera inspirándote en la forma de la del enemigo histórico de España –con perdón para los irlandeses del Ulster- y escoger como día nacional el que te dé la gana. Sabino Arana, el pintoresco fundador del nacionalismo vasco, descubrió un buen día que no era español, tras el trauma que le supuso que su hermano Luís le comentara que en el tren , un antipático santanderino, les había tratado de malos españoles por gozar de unos fueros y ventajas que sus vecinos del oeste no tenían. Y por eso, Sabino, dolido en su ego pueblerino, se inventó una nueva patria. Primero, para no complicarse la vida, la siguió llamando Vizcaya y más tarde, cuando la cosa se vio que iba más en serio y que no era paja mental de un día, la bautizó como Euskadi. Luego, como los cántabros eran unos frustrados sin fueros, echaron el ojo por abajo y vieron que una tal Navarra que les podía dar cierta cobertura histórica, caía por allí al lado, y la llamaron Euskal Herria.
Arana además de tener poca cosa que hacer, era hijo de carlista y, por lo tanto, un férreo defensor de la Ley de Dios. Y lo cierto es que ,en ese sentido, poco de humanista cristiano le queda al nacionalismo vasco en general y al PNV en particular, a parte de ésta exótica celebración pascual. El PNV, que en su momento perteneció a la Internacional Demócrata Cristiana y que de ella fue expulsada por Aznar con el beneplácito del resto de socios europeos -a excepción de la Unió de Duran i Lleida- ha apoyado, sin irnos a ejemplos muy lejanos, la reforma de la ley del aborto promovida por Bibiana Aído y Zapatero. Y es que , mirándolo bien, no podemos esperar que tengan mucha sensibilidad por los seres humanos no nacidos, aquellos que matizan, comprenden y hasta buscan cualquier excusa para el diálogo franco con los etarras que matan a la gente bien nacida.
Tampoco la defensa y promoción del modelo tradicional y natural de familia ha sido caballo de batalla peneuvista, sino todo lo contrario. En el PNV no pasa algo muy diferente de lo que ha ocurrido en los otros partidos políticos teóricamente más proclives a la asunción del humanismo cristiano a la hora de inspirar idearios y programas, como CiU o el mismísimo Partido Popular. Pero, si bien en la campeona del laicismo –mal que me pese- Cataluña un ex conseller pujolista como Josep Miró i Ardévol ha puesto en marcha un dinámico lobby cristiano en colaboración con el dirigente de Unió Manel Silva, y a nivel español se han constituido todo un maremagno de asociaciones conservadoras, así como medios de comunicación, que marcan al PP en las cuestiones morales; en el País Vasco el conservadurismo y el catolicismo activo en el nacionalismo vasco ha desaparecido literalmente.
Sin salir del marco del Aberri Eguna, los miembros de Eusko Alkartasuna han desfilado de Irún a Hendaya junto a destacados batasunos, en la que ha sido la mayor concentración de nazis en la localidad francesa, desde que Hitler se entrevistara con Franco. EA es una escisión del PNV, producida en los 80 tras el enfrentamiento entre el lehendakari Garaikoetxea y Arzalluz, que para diferenciarse de su matriz democristiana se definió como socialdemócrata, y algo más moderada , por tanto, que la otra escisión que ha sufrido el peneuvismo en su historia -la violenta- que se denominó marxista-leninista. En su marcha aberrigunera dieron buena muestra de que dada su última debacle electoral en favor de Aralar, van a prestarse a ser los tontos útiles de ETA para que ésta pueda volver de manera total a las instituciones (no olvidemos que, por obra y gracia de Zapatero, el brazo político etarra está presente y gobierna en numerosos ayuntamientos). Entre los dirigentes de EA se encontraba Rafa Larreina, un miembro del Opus Dei que personaliza y ejemplifica la decadencia del catolicismo en el mundo abertzale vasco. Y es que no se puede esperar más de los seglares, cuando la propia jerarquía eclesiástica vasca ha hecho una vergonzante dejación de funciones y ha sacralizado el camino de la ambigüedad para sus fieles peneuvistas frente al mundo de ETA. Mientras que en Sudamérica, como en tantos otros lugares del mundo, la Iglesia ha sido la voz contra el crimen y la injusticia, en el País Vasco, los obispos como Setien y Uriarte por arriba y demasiados cobardes curas de aldea por abajo, han defendido un discurso en que se trataba por igual a la víctima y al terrorista.
Cuando en 1996 Aznar se vio obligado a pactar con CiU para gobernar, quiso hacerlo también, sin necesitarlo, con el PNV, en un acuerdo que se limitó a transferencias y debilitamiento competencial del poder central frente al autonómico. Las coincidencias en la defensa de un mismo modelo de sociedad se obviaron totalmente, tanto desde un PP inmerso completamente en su viaje al centro del complejo ideológico como desde CiU (y hagamos especial hincapié en Unió) y el propio PNV. La posibilidad de un pacto de las derechas para edificar un modelo socio económico común a prueba de bombas progresitas se frustró. La pela es la pela, y antes que conservador, liberal, democristiano, de derechas o católico el nacionalismo es nacionalista, que para algo se define así. El nacionalismo vasco, como buen nacionalismo, utilizó a la religión católica y a la Iglesia mientras le sirvió y le fue útil para su fin. A diferencia de España que fue primero tierra de Fe y después, y precisamente por eso, patria y nación, para el nacionalismo vasco y catalán el cristianismo no es bueno en si mismo por creer adecuado su mensaje moral, sino que lo es en cuanto a que forma parte de la identidad histórica de la nación, un elemento más del paisaje, algo que solo sirve mientras sea útil y no estorbe, que siempre estará supeditado a la nación, y será inferior al rasgo lingüístico, pues la tradición católica es, como se está diciendo, elemento unificador de España a diferencia de las lenguas que pueden ser utilizadas como rasgo distintivo y diferencial. Los nacionalistas saben perfectamente que lo primero une y lo segundo, utlilizado torticeramente, separa. Por eso, en la otra punta de Espana, otro inventor de naciones llamado Blas Infante acabó convirtiéndose al Islam, no por convicción religiosa sino porque -según él- y a falta de idioma propio, era el elemento identitario de peso que diferenciaba históricamente a Andalucia de la España visigótica unida en torno a la conversión al cristianismo y reunificada por los Reyes Católicos. A diferencia del patriotismo español, en el nacionalismo vasco la cruz cedió ante la bandera y ya nada separa en lo moral y en lo social al PNV del PSE. Ambos son progresismo y socialdemocracia, con ikurriña de regalo en caso de votar a los primeros. Por esto y por la convivencia con el entorno socio político etarra-batasuno, el Partido Nacionalista Vasco no tiene capacidad de redención. Ya no se espera que pueda, en el umbral de su muerte moral, reconocer sus errores como hiciera el fundador Arana, cuando se arrepintió de su obra en pro de separar a los vizcaínos del resto de hermanos españoles, (y eso que no sabía lo que iba a venir después...). Por tanto, no se puede volver a un humanismo cristiano que nunca fue sincero. Y no puede resucitar aquello que nunca vivió.
Sin salir del marco del Aberri Eguna, los miembros de Eusko Alkartasuna han desfilado de Irún a Hendaya junto a destacados batasunos, en la que ha sido la mayor concentración de nazis en la localidad francesa, desde que Hitler se entrevistara con Franco. EA es una escisión del PNV, producida en los 80 tras el enfrentamiento entre el lehendakari Garaikoetxea y Arzalluz, que para diferenciarse de su matriz democristiana se definió como socialdemócrata, y algo más moderada , por tanto, que la otra escisión que ha sufrido el peneuvismo en su historia -la violenta- que se denominó marxista-leninista. En su marcha aberrigunera dieron buena muestra de que dada su última debacle electoral en favor de Aralar, van a prestarse a ser los tontos útiles de ETA para que ésta pueda volver de manera total a las instituciones (no olvidemos que, por obra y gracia de Zapatero, el brazo político etarra está presente y gobierna en numerosos ayuntamientos). Entre los dirigentes de EA se encontraba Rafa Larreina, un miembro del Opus Dei que personaliza y ejemplifica la decadencia del catolicismo en el mundo abertzale vasco. Y es que no se puede esperar más de los seglares, cuando la propia jerarquía eclesiástica vasca ha hecho una vergonzante dejación de funciones y ha sacralizado el camino de la ambigüedad para sus fieles peneuvistas frente al mundo de ETA. Mientras que en Sudamérica, como en tantos otros lugares del mundo, la Iglesia ha sido la voz contra el crimen y la injusticia, en el País Vasco, los obispos como Setien y Uriarte por arriba y demasiados cobardes curas de aldea por abajo, han defendido un discurso en que se trataba por igual a la víctima y al terrorista.
Cuando en 1996 Aznar se vio obligado a pactar con CiU para gobernar, quiso hacerlo también, sin necesitarlo, con el PNV, en un acuerdo que se limitó a transferencias y debilitamiento competencial del poder central frente al autonómico. Las coincidencias en la defensa de un mismo modelo de sociedad se obviaron totalmente, tanto desde un PP inmerso completamente en su viaje al centro del complejo ideológico como desde CiU (y hagamos especial hincapié en Unió) y el propio PNV. La posibilidad de un pacto de las derechas para edificar un modelo socio económico común a prueba de bombas progresitas se frustró. La pela es la pela, y antes que conservador, liberal, democristiano, de derechas o católico el nacionalismo es nacionalista, que para algo se define así. El nacionalismo vasco, como buen nacionalismo, utilizó a la religión católica y a la Iglesia mientras le sirvió y le fue útil para su fin. A diferencia de España que fue primero tierra de Fe y después, y precisamente por eso, patria y nación, para el nacionalismo vasco y catalán el cristianismo no es bueno en si mismo por creer adecuado su mensaje moral, sino que lo es en cuanto a que forma parte de la identidad histórica de la nación, un elemento más del paisaje, algo que solo sirve mientras sea útil y no estorbe, que siempre estará supeditado a la nación, y será inferior al rasgo lingüístico, pues la tradición católica es, como se está diciendo, elemento unificador de España a diferencia de las lenguas que pueden ser utilizadas como rasgo distintivo y diferencial. Los nacionalistas saben perfectamente que lo primero une y lo segundo, utlilizado torticeramente, separa. Por eso, en la otra punta de Espana, otro inventor de naciones llamado Blas Infante acabó convirtiéndose al Islam, no por convicción religiosa sino porque -según él- y a falta de idioma propio, era el elemento identitario de peso que diferenciaba históricamente a Andalucia de la España visigótica unida en torno a la conversión al cristianismo y reunificada por los Reyes Católicos. A diferencia del patriotismo español, en el nacionalismo vasco la cruz cedió ante la bandera y ya nada separa en lo moral y en lo social al PNV del PSE. Ambos son progresismo y socialdemocracia, con ikurriña de regalo en caso de votar a los primeros. Por esto y por la convivencia con el entorno socio político etarra-batasuno, el Partido Nacionalista Vasco no tiene capacidad de redención. Ya no se espera que pueda, en el umbral de su muerte moral, reconocer sus errores como hiciera el fundador Arana, cuando se arrepintió de su obra en pro de separar a los vizcaínos del resto de hermanos españoles, (y eso que no sabía lo que iba a venir después...). Por tanto, no se puede volver a un humanismo cristiano que nunca fue sincero. Y no puede resucitar aquello que nunca vivió.

