Este pasado 20 de Marzo se ha conmemorado el 30 aniversario de las primeras elecciones autonómicas catalanas, las cuales significaron el inicio del pujolismo, tras una sorprendente victoria de CiU ante el PSC de Joan Raventós, al que todas las encuestas daban como indiscutible ganador. El entonces PSUC (hoy igual de gauche divine bajo la marca Iniciativa per Catalunya y con un nivel de papanatismo pijo-progre aumentado por 1.000) era la indiscutible tercera fuerza política, aunque durante los 80 iría perdiendo músculo electoral, algo entendible por las consecuencias traumáticas de la caída del muro de Berlín (o quizás más por el cierre de Bocaccio y la consiguiente huída desde Tuset street hacia la vila de Gràcia de los entonces eurocomunistas y hoy ecosocialistas catalanes). A cierta distancia quedaba la entonces federalista ERC, que facilitaría la investidura de Jordi Pujol como Presidente de la Generalitat a cambio de que la presidencia del parlamento catalán recayera en manos del líder republicano Heribert Barrera. Con cuatro escaños más que Esquerra, el centro derecha catalano-español -con matices- consiguió, bajo la marca Centristes de Catalunya-UCD, 18 diputados, esto es, uno más que los que conseguiría el Partido Popular en su mejor resultado en unas autonómicas (17 escaños en 1995 con Aleix Vidal-Quadras de cabeza de lista). El Partido Socialista Andaluz sacó dos diputados en representación de los andaluces afincados en Cataluña, antes de que el PSC -con la maestría de Josep Maria Sala , José Zaragoza y Miquel Iceta- lanzara una opa sobre esa extravagancia electoral. La entonces Alianza Popular concurrió bajo la candidatura de Solidaritat Catalana, sacando 0 diputados y teniendo el dudoso honor de ser la primera fuerza extraparlamentaría, por delante de Nacionalistes de Esquerra (grupo en el que militaban Carod-Rovira y buena parte de los hoy dirigentes de la actual ERC), cosechando 64.004 votos y un 2,34% de éstos. El cabeza de cartel de Solidaritat fue el ex suegro de Joan Laporta, Juan Echevarria i Puig. Dicha candidatura, que tuvo en el histórico “fraguista” Manuel Milián Mestre a su principal incitador, se caracterizó por dos elementos ideológico-táctico-propagandísticos que hoy nos sorprenden enormemente, sobre todo por la conjugación de ambos a la vez. Por una parte, por ser una candidatura abiertamente definida en sus eslóganes como de derecha, -cierto es que acompañada de adjetivaciones como europea, eficaz y nueva-, y en ese sentido, en el hacer bandera del derechismo presentándolo como un algo positivo y no como un lastre o una pega; y por otra, su absoluta asimilación de la catalanidad no nacionalista, al presentarse como una especie de Unión del Pueblo Navarro, en la que las siglas de AP desaparecían, potenciando una imagen de enraizamiento alejado del sucursalismo respecto Madrid.
Estamos hablando, por si hace falta repetirlo, de 1980 y de las primeras elecciones al Parlament. Desde entonces, ni AP en la siguientes consultas electorales del 84 y el 88, ni el ya Partido Popular (habiendo ocupado buena parte del espacio de la UCD catalana, con permiso de aquel voto útil que iba a parar a las mayorías absolutas de Pujol) hasta fecha de hoy ha llegado tan lejos en sus estrategias para dejar de ser un elemento anómalo para lo políticamente correcto en Cataluña (si es que hacer bandera en los lemas de campaña de su posición derechista puede ser calificado como aceptable políticamente por los repartidores de pedigrí democrático). Y lo cierto es que, quizás, el fracaso de la candidatura fue lo suficientemente duro como para no volver a intentar una operación similar. Porque ,sin duda alguna, en aquellas elecciones, los votos de la derecha no catalanista fueron a parar mayoritariamente a la UCD que, si bien presentaba como cabeza de lista a un Anton Cañellas que acabaría en Unió, contaba también nada menos que con Jorge Fernández Díaz entre sus filas. Era lógico que, si en toda España la UCD había agrupado el voto mayoritario del franquismo sociológico y de un electorado de centro-derecha liberal o democristiano crítico con Franco -relegando a AP a una posición testimonial-, fuera también UCD quien recogiera, en una zona en la cual la coordenada derecha/izquierda sigue aun hoy distorsionada por el factor nacionalista, ese voto al ser la opción con mas solvencia electoral además de, no lo olvidemos, ser el partido del gobierno. Y tampoco podemos obviar (y todavía menos cuando tres décadas después, Cataluña puede convertirse en la primera zona de España en la que, después de Blas Piñar, la ultraderecha puede volver a obtener un parlamentario en la persona de Josep Anglada) que el partido que fundó el primero y que dirigió en Vic el segundo, Fuerza Nueva, se presentara también a aquellas elecciones sacando casi 28.000 votos, es decir, el 1% de éstos. Desde entonces, la historia de la derecha española en Cataluña, o derecha catalana no catalanista, se ha caracterizado por su agrupación en torno a la sigla AP-PP -acabando por quedarse también, al igual que en el resto de España, con el espacio del CDS que aun obtuvo representación en 1988-; y por una constante que el libro de Joan B. Culla “La dreta espanyola a Catalunya” pone de relieve: el binomio Génova-Fernandismo, que se ha caracterizado por los cambios de liderazgo y estrategia, impuestos desde el PP nacional, a base de fichajes de personajes sin trayectoria histórica en AP (Eduardo Bueno, Alejo Vidal-Quadras y Josep Piqué); y por, en momentos de impás, en el otorgamiento de ese liderazgo a los hermanos Fernández Díaz (Jorge y Alberto). La actual presidenta del PP catalán, Alicia Sánchez-Camacho, personifica la convergencia entre el dedazo del PP nacional y la influencia de los hermanos Fernández Díaz. Camacho ejerce una presidencia ganada, gracias al apoyo total y absoluto del establishment local y global, sobre la candidatura crítica de Montse Nebrera, por un margen de 104 votos sobre 1.090.
La derrotada Nebrera, que contaba con un equipo conformado por jóvenes profesionales miembros de una derecha combativa y asociacionista externa al partido y por algunos críticos del Maresme, y que se ganó en aquel congreso los votos disgustados con el dedazo de Génova que iban a ir a parar al presidente interino Daniel Sirera -cuya sustitución era el objetivo de los Fernández-, parecía recoger en su discurso y estrategia ese espíritu de la Solidaritat Catalana de 1980. Sirva este post para homenajear una causa perdida como fue la que encabezó el ex suegro de Laporta y que, bajo un nombre tan simbólico como el de Solidaridad Catalana, representó una derecha desacomplejada, que, sin que su españolidad fuera puesta en duda, se adaptó a la idiosincrasia histórica catalana. Quizás, tras las autonómicas de este otoño, sea momento para empezar a revisar si una opción así puede hacer por fin de la derecha sin complejos que “vol una Catalunya forta, dins d'una Espanya gran” una opción de gobierno en Catalunya. Porque si comparamos ese 20 de Marzo de 1980 con el de 2010, encontraremos de gran actualidad sus principales esológanes de campaña: falta mano derecha en el Parlament, la izquierda no hace nada a derechas, ergo andamos faltos de una derecha como la que gobierna en Europa.
La derrotada Nebrera, que contaba con un equipo conformado por jóvenes profesionales miembros de una derecha combativa y asociacionista externa al partido y por algunos críticos del Maresme, y que se ganó en aquel congreso los votos disgustados con el dedazo de Génova que iban a ir a parar al presidente interino Daniel Sirera -cuya sustitución era el objetivo de los Fernández-, parecía recoger en su discurso y estrategia ese espíritu de la Solidaritat Catalana de 1980. Sirva este post para homenajear una causa perdida como fue la que encabezó el ex suegro de Laporta y que, bajo un nombre tan simbólico como el de Solidaridad Catalana, representó una derecha desacomplejada, que, sin que su españolidad fuera puesta en duda, se adaptó a la idiosincrasia histórica catalana. Quizás, tras las autonómicas de este otoño, sea momento para empezar a revisar si una opción así puede hacer por fin de la derecha sin complejos que “vol una Catalunya forta, dins d'una Espanya gran” una opción de gobierno en Catalunya. Porque si comparamos ese 20 de Marzo de 1980 con el de 2010, encontraremos de gran actualidad sus principales esológanes de campaña: falta mano derecha en el Parlament, la izquierda no hace nada a derechas, ergo andamos faltos de una derecha como la que gobierna en Europa.

