Me da lo mismo que haya sido Aznar, como si lo hubieran sido Carod, Ibarretxe, Montilla o Julio Anguita. El ex presidente con su peineta, dedicada a los impresentables boicoteadores de su conferencia en la Universidad de Oviedo, ha roto con esa especie de obligación institucional, de falso saber estar en público en ocasiones como ésta, cuando unos niñatos -casi siempre militantes de la radicalidad más subnormal posible-, se dedican a reventar un acto, insultar, humillar e incluso intentar linchar a un político o intelectual contrario. Y a esto hay que sumar que su libertad de expresión acaba, cuando empieza la de aquellos que quieren presenciar con normalidad el acto en cuestión. No es política, es educación.Aznar fue tildado de fascista. Nada nuevo bajo el sol. También llamaron así a la progre Rosa Díez, cuando vino a dar una conferencia a Barcelona. Como también intentan linchar a las juventudes de ERC, aquellos que se sienten más puros y auténticos que estos durante las celebraciones del 11 de Septiembre. Los batasunos son los artistas y el modelo a seguir entre aquellos estudiantes que están tan en la izquierda que incluso rozan el mismo nazismo. “Fascista”, así llaman a cualquier dirigente que consideran ubicado a su derecha (cosa no muy difícil) o que simplemente no les gusta. Y a mi me da que para unos cuantos, si fascista es intolerante o violento, este es el adjetivo que podríamos utilizar para nombrar a los imbéciles de turno que, cuando no les gusta un acontecimiento o cierto personaje, en vez de no acudir a verle y respetar a quien inexplicablemente desde su punto de vista sí le agrada o tiene interés, se dedican a armar jaleo. Pero ellos no son fascistas, son comunistas, dicho con el mismo tono definitorio y despreciativo con el que ellos utilizan la otra etiqueta.
Y precisamente unos fascistas, tan maleducados, como los comunistas de Oviedo, hace un par de años, ya intentaron abofetear, en una presentación de un libro, con suma “valentía” a un abuelo nonagenario –por el que no siento simpatía precisamente- llamado Santiago Carrillo, que solo por su edad ya merecía un respeto.
Quien mora por este ático, ha acudido a bastantes actos pseudo políticos, y no siempre de los suyos o de aquellos con los que más coincide. Quizás porque tiene íntimos amigos independentistas o rojos hasta el alma, ha aprendido a no odiar al contrario ideológico y a catalogar como gilipuertas únicamente a aquel que no cumple con unos valores personales de lealtad, autenticidad, nobleza y honor. Siempre me ha parecido interesante escuchar al contrario, incluso me ha hecho gracia estrechar su mano y retratarme con él, y he creído más oportuno el rebatir argumentos y reprochar errores y vicios -lo más corrosivamente posible- en otros foros, como pueda ser este blog que lo es todo menos blando y suave. Me apasiona la política y creo firmemente en mis principios ideológicos, pero no es nada personal. Le soltaría antes una castaña a alguien que me intenta levantar la señora, o que me estafa, que a un okupa, por el mero hecho de serlo. Claro que, uno no tiene que demostrarse a sí mismo, ni mucho menos a los demás, que es un tío duro o un joven que, entre porro y porro en el campus, se compromete políticamente. Y, en caso de no querer escuchar, por antipatía política o personal a alguien, simplemente no acudiría al lugar de convocatoria. Y es que el asqueo que me producen los lerdos del boicot, es proporcional a la suma alegría que me produce ver que alguno de los boicoteados, por fin, se les rebota. ¿Que lo hacía con guardaespaldas de por medio?, hombre sí porque si no estuvieran los receptores de la peineta haciendo el mono, no los necesitaría. Y también confieso que me gustó Sarkozy diciéndole “Pues vete de aquí, imbécil.” a un tipo que se había puesto en primera fila para saludarle y, cuando el mandatario galo lo hizo, le espetó “No me toques que me das asco.”. Como también –sí, lo reconozco como verdad irreconocible- me gustó ver a Laporta acariciándole la cara al listillo que, cuando lo tenía a 10 metros y con las cámaras de televisión delante, le gritó “estafador”.
En las facultades universitarias españolas, y por importación vasca, en las catalanas sobre todo, hace tiempo que se ha puesto de moda esto de recibir a gritos e insultos, a veces a huevos, y si no hubiera policía y escoltas de por medio, a ostias, al político de turno. En los últimos años he visto, además de Aznar y Díez, tener que salir a toda prisa, por la puerta de atrás, a, por supuesto, todos los dirigentes del PP y algunos socialistas empezando por todo –aunque parezca mentira- un presidente en ejercicio como Montilla. Se lleva en el cargo eso de aguantar críticas y ganarte antipatías, pero no que no te dejen hablar en tus actos, te menosprecien en público o te intenten abofetear. Al menos no, si no puedes rebotarte, porque entonces el boicoteador hace trampa y está en superioridad al saber que él insulta y el político solo puede poner cara de circunstancias, como si fuera tonto, para no salir mal en la foto. Y aun es menos de recibo que un auditorio se tenga que jorobar sin poder escuchar la conferencia, por la acción de los tontitos.
Los columnistas y comentaristas de la "gauche divine" y los del mundo alternativo -esos mismos que se escandalizan, cada vez que, el padre de una niña violada y descuartizada ,pide la cadena perpétua, porque en Cuba sí pero en España no- han tejido las complicidades de siempre con "los estudiantes" o, mejor dicho, esos grupúsculos que solo representan al 2% del alumnado y que de estudiar precisamente, más bien poco. Y hoy también, todos los políticos, hipócritamente, critican el gesto de Aznar. En sus adentros hay una admiración gremial, porque el ex presidente, al que tanto hemos criticado también en este blog, ha roto un tabú. Otras veces habrá estado fuera de lugar con gestos soberbios, pero ayer tuvo una actuación de diez. Hay que saber estar, pero eso no significa dejarse pisar. O dicho en su idioma: a los de Oviedo y demás reventadores de conferencias, que les den por el culo.
